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Por Stella Álvarez

Esta semana nos reunimos con Antonio Arbeláez, un antiguo habitante de una ciudad colombiana que un día decidió retornar al campo y adoptar una nueva identidad: la de “neocampesino”, es decir, una persona que se dedica al campo y a la agricultura sin que inicialmente ese hubiera sido su oficio o profesión. Empezó practicando la agroecología pero pronto se vio enfrentado a una cruda realidad: “Sin semillas no hay agroecología” y las nuestras están en peligro. Por eso desde hace 10 años, junto a otras 45 personas, integran una red que se dedica al cuidado de la vida, realizando una tarea muy particular: son custodios de semillas nativas y criollas en el departamento del Quindío (Colombia).

La primera inquietud que nos surgió fue ¿En qué consiste su oficio?; ¿Qué es ser un custodio de semillas? Nos explicó que: “Es una persona que identifica una semilla que ya no se usa o que está en peligro de extinción. La cuida, aprende sobre ella, selecciona las mejores, la siembra y luego la comparte, la intercambia o en ocasiones la vende. Cada custodio coge una semilla como si fuera el último encargo que le hicieran los dioses para salvar a la humanidad”. Quien se dedica a esta actividad, hace toda una tarea de rescatar la semilla, pero va más allá. Difunde sus usos, promueve sus preparaciones y trata de devolverle el lugar que ese alimento en algún momento tuvo en nuestra cultura alimentaria.

Y es que, aunque nos cueste creerlo, nuestras semillas necesitan custodios como Antonio y su grupo, porque corren peligro y tienen enemigos muy poderosos. “Para entenderlo, primero hay que saber que una semilla no es una pepa. Es un ser vivo. Es un niño dormido que está esperando que lo lleven a la oscuridad y al agua. Cada una de ellas porta información genética, del medio ambiente y de la cultura”. Ahí radica su fuerza, pero también su fragilidad. Porque resulta que este milagro que reproduce la vida tiene tres enemigos: en primer lugar las multinacionales que han monopolizado las certificaciones y ahora no es posible en casi ningún país, vender alimentos si la semilla no está certificada. Estas empresas para ganar más en su negocio, solo se dedican al comercio de semillas de pocas variedades de unos cuantos alimentos. Por ejemplo, nos dice Antonio, que en el mundo hay más de 37 mil variedades de frijol, pero se comercian sólo unas cuatro. ¿La razón?: necesitan facilitar los empaques, el transporte y el mercadeo y eso se logra solo si se dedican a vender millones de semillas pero de unos pocos tipos.

Los otros enemigos de las semillas son las leyes que actualmente y en casi todos los países, obligan a los agricultores a sembrar únicamente las semillas vendidas por esas multinacionales. Campesinos de todo el mundo son explotados cada vez que siembran los alimentos porque están obligados a comprar las semillas certificadas. Algunos de ellos por su resistencia al monopolio de las multinacionales han ido a parar a la cárcel. El otro enemigo somos nosotros mismos, que sin quererlo, hemos dejado que las compañías decidan qué comemos y cómo lo preparamos.

Para poner un ejemplo de la crisis de nuestras semillas, en Quindío había hace algunos años unas 17 variedades de maíz. Hoy, nos cuenta Antonio, solo se usan dos. Y eso sucede en todos los países con los alimentos tradicionales. Pero las semillas que están en peligro no son sólo las que se usan para producir alimentos. Igual riesgo corren las de algodón con que elaboramos nuestra ropa, las de las plantas medicinales, las semillas de las plantas usadas para producir canastos, empaques, sombreros, sillas etc. Es decir, el riesgo es para toda la reproducción de nuestras culturas.

Los frutos del trabajo de los custodios del Quindío son evidentes: venden sus alimentos en el mercado agroecológico, rescatan formas tradicionales de preparar alimentos y con orgullo Antonio dice, por ejemplo, que en su finca tiene al menos 57 tipos de yuca y que pronto harán un encuentro nacional de custodios de la yuca. Lo hacen porque saben que es necesario preservar esta riqueza, pero además porque comprenden la importancia para nuestra supervivencia, de tener alternativas a los pocos alimentos que hoy consumimos y que están en manos de las multinacionales.

La recuperación de nuestras semillas y de las maneras de preparar los alimentos es, sin duda, el primer paso para nuestra soberanía. No es posible pensar en salidas a la crisis alimentaria si primero no hacemos un ejercicio de liberación de nuestras prácticas y del material cultural y genético que guardan nuestras semillas.

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