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Por Stella Álvarez

Las ollas comunitarias de Perú son, tal vez, la forma de organización popular para alimentarse solidariamente entre vecinos, más antigua de América Latina. Nacieron desde 1980 pero se reinventan cada vez que una nueva crisis política y económica las golpea con fuerza, como suele suceder en nuestros países. Abilia Ramos lidera una de las ollas comunes de San Juan de Lurigancho en Lima, Perú, que salvó del hambre a los vecinos durante la pandemia, pero que también sacó a flote una fuerza descomunal en estas mujeres que ahora aspiran y exigen una vida mejor.

Las primeras ollas comunitarias del Perú, las de 1980, se convirtieron en comedores comunitarios ­-ese es su “nombre oficial”- y pasaron a ser un programa gubernamental que, según nos cuenta Abilia, cayó preso de todas las artimañas de la corrupción y el clientelismo. Estos comedores también cerraron durante la pandemia. Así, la olla comunitaria que es la forma popular de afrontamiento de la necesidad de alimentarse, recobró vida los primeros días del cierre en marzo de 2022. Abilia y otras mujeres buscaron ollas, sartenes, improvisaron cocinas en diferentes sitios del barrio y emprendieron la tarea de resistir una amenaza tan temible como el virus: el hambre. “No teníamos nada, no teníamos ollas, tampoco con qué revolver esas cantidades de alimentos, teníamos que partir las escobas para cargar las ollas. Así empezamos a cocinar y llegamos a preparar comida hasta para 250 personas”.

Pero sus enemigos estaban por todos lados: no tienen agua en sus casas, deben cocinar con leña, no tenían suficiente comida, el gobierno nacional y los gobiernos municipales sostenían que no era cierto que se hubieran conformado las ollas, ni que estuvieran necesitando alimentos. Tuvieron que ingeniarse un sistema de comunicación para la resistencia y movilizarse de una manera que estas mujeres nunca lo habían hecho, ni siquiera lo hubieran pensado. “Un grupo de organizaciones decidió empezar a visibilizar este trabajo de las ollas comunitarias. No sabíamos qué era Zoom, pero empezamos a participar de las reuniones. Veíamos que nosotras trabajábamos pero el estado estaba invisible. Empezamos a poner banderas blancas para alertar que necesitábamos alimentos, el equipo de comunicaciones hacía los videos para mostrar nuestro trabajo. Hicimos plantones, cacerolazos, marchas, y todos los viernes salían nuestros videos con las ollas comunes”. Así nos hicimos sentir. La gente se dio cuenta que era verdad que estábamos trabajando, que necesitábamos alimentos y logramos algo de presupuesto.

Escuchando la fuerza con la que se expresa Abilia nos va quedando claro que las ollas comunitarias lograron más allá de su cometido de resolver el problema urgente de la alimentación y así salvarse entre todos del hambre. También aprendieron a movilizarse para exigir su derecho a alimentarse, a relacionarse con instituciones públicas y privadas, a protestar, a reclamar su lugar como hacedoras de políticas sociales: “Las señoras nos veíamos ahí en los videos protestando, gritando que la alimentación es un derecho. A partir de ahí nos organizamos, aprendimos a comunicarnos y ahora tenemos un equipo técnico bien preparado que nos ha permitido sentarnos a hablar hasta con el presidente”.

No quieren idealizar lo alcanzado. Tienen claro que ellas no se pueden quedar ahí. Supieron que tienen otras aspiraciones: algunas quieren aprender a leer y a escribir, otras desean ser profesionales, otras convertirse en microempresarias para vender alimentos en su entorno. “No queremos ser toda la vida una olla comunitaria. La olla nos ha servido para conocernos, para organizarnos pero es un trabajo muy duro. Nos toca cargar las cosas, a veces pagarlas de nuestro bolsillo. Nadie quiere quedarse aquí por siempre. Y es que además muchas señoras han empezado a educarse, por eso han surgido emprendimientos como panaderías y otros pequeños negocios. Hay mujeres que saben preparar unos alimentos que ni conocíamos. Eso si es lo que queremos. Empleo, educación, conocimientos en nutrición, oportunidades”.

Las ollas comunes, lo dijo también Abilia, han sido y seguramente serán la forma como nos salvemos juntos en los momentos de crisis. Pero también es importante que la solidaridad no sea la cruz para unos pocos, casi siempre mujeres. Tendremos que aprender de estas formas colectivas pero con dignidad.

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SALIDA #1



Por Stella Álvarez

Ella llegó a nuestra reunión, moviéndose con gracia y agilidad subiendo y bajando las escalas que se nota que conoce muy bien, en el sector altos de la torre en Medellín. Se trata de Fanny David una de las jóvenes mujeres líderes del restaurante comunitario Comedor Escuelita de la Paz que le da almuerzo calientico a 140 niños del sector.

Fuimos caminando hacia el restaurante y mientras hacíamos la entrevista todo el tiempo escuchamos la olla a presión cocinando los frijoles para el almuerzo del día y se escuchaban también los golpes secos de las verduras siendo cortadas por las manos de cinco mujeres del grupo de 15, madres de familia habitantes del sector que trabajan como voluntarias dos veces por semana en el restaurante, preparando la comida para los niños que terminan la jornada escolar o los que están a punto de empezarla.

El restaurante fue iniciativa de un grupo católico pero el día a día se mantiene gracias al fogón encendido por el compromiso de las voluntarias y la solidaridad de los que Fanny llama “pequeños benefactores”, personas que hacen aportes modestos pues no son empresarios ni acaudalados con grandes fortunas sino empleados, propietarios de pequeños comercios, jubilados, que han hecho posible cumplirle a los niños la promesa hecha hace cinco años: un almuerzo calientico durante todo el año.

Los niños que comen en el restaurante tienen entre cinco a trece años. Algunos vienen de las cuadras vecinas pero otros de más lejos, caminan hasta media hora para alcanzar a llegar en el horario establecido por el restaurante que es entre 11 y 30 de la mañana a 1 pm, así cubren las dos jornadas de estudio la de la mañana y la de la tarde. Son niños de familias pobres que cuando no están en la escuela, con frecuencia están solos en la casa o en la calle y cuya situación económica familiar empeoró como en muchos hogares colombianos, durante la pandemia “antes de la Pandemia atendíamos si mucho 90 niños, ahora vienen 140”.

No se les exige ningún aporte económico a cambio de lo que reciben, pero ellos no sólo reciben. También dan y mucho si se compara con los recursos con que cuentan “a veces que estamos apretados muy de vez en cuando les hacemos la invitación a donar algo que tengan en la casa uno se da cuenta que a ellos les gusta compartir”

Las coordinadoras del restaurante han visto que las necesidades no sólo afectan a los niños. En nuestros barrios hay familias que quienes por coyunturas económicas especiales o por sufrir una pobreza permanente no tienen comida. También es palpable la presencia de cada vez más personas adultas mayores o con alguna discapacidad que no pueden procurarse la alimentación de manera autónoma. “Si una de esas personas necesita de nosotros, algún familiar se puede acercar y nosotros les mandamos la comidita”.

¿La solidaridad será una posible salida a la crisis?

Con los tiempos difíciles que estamos viviendo y los más difíciles aún que se avecinan estamos convencidos que la solidaridad comunitaria será un factor clave para enfrentar la crisis y salir de ella convertidos en mejores seres humanos. No se trata de suplantar al estado sino de comprender que no es posible construir un estado responsable si la base de la sociedad son ciudadanos embebidos únicamente en sus proyectos individuales y que el afecto, el cariño y la solidaridad no son mandatos exigibles al estado; son necesidades que se intercambian entre los seres humanos y se satisfacen colectivamente.