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Por Stella Álvarez

Esta semana estuvimos conversando con Kourtnii Brown, una de las fundadoras y directivas de la Alianza de California para el Compostaje comunitario. Hablamos sobre una ley aprobada en el Estado de California en Estados Unidos, que nos invita a hacer del planeta un mejor lugar, y sobre todo a hacerlo, desde nuestra casa. Esta Ley busca que el 75% de los residuos orgánicos producidos en las casas y locales de ciudades como Los Ángeles, San Francisco o San Diego, se conviertan en el compostaje que usarán los agricultores del estado de California para la producción de alimentos. Algunos han llamado a este nuevo producto, es decir al compostaje casero y comercial, el “Oro café”.

El compostaje se produce con los residuos orgánicos de los hogares y los locales comerciales como por ejemplo cáscaras y semillas de frutas, verduras, plátanos, residuos de comida, hojas caídas de los árboles o césped podado en los jardines; Kourtnii nos dice con total convicción: “hablando de residuos orgánicos, si estuvo vivo alguna vez, volverá a estarlo”. Estos productos orgánicos se separan del resto de la basura, se depositan en recipientes especiales y se conservan bajo ciertas temperaturas y condiciones, para que no produzcan malos olores o mosquitos y para que el resultado sea un compostaje útil en el cultivo de alimentos.

Esta Ley entró en vigencia este 2022 y es revolucionaria en todo el sentido de la palabra. En primer lugar y salta a la vista, tiene la ventaja de cambiar el uso de productos sintéticos químicos por productos orgánicos para alimentar los suelos destinados a la producción de alimentos. Los residuos orgánicos aportan nutrientes naturales y contienen los microbios necesarios para la fertilización y regeneración de los suelos. Además, como se sabe, los residuos orgánicos de los hogares y de locales comerciales son responsables por el 50% del gas metano de la atmósfera, que es un gas de efecto invernadero. Darles un tratamiento sostenible alivia la salud del medio ambiente.

Pero la novedad de la Ley también está en sus aspectos sociales. Su espíritu comunitario la hace diferente. Se propusieron que la salida al problema de los residuos y del agotamiento de los suelos no fuera de naturaleza industrial, como ha sucedido en muchos países, en donde una gran empresa dispone, aprovecha y comercializa los residuos orgánicos. Kourtnii nos dice: “Con las estrategias industriales, muchas veces los residuos se colocan cerca de comunidades de bajos recursos y la congestión de camiones puede empeorar los problemas ambientales como la calidad del aire. También puede empeorar los problemas de justicia social. Por ejemplo, cuando exportan sus “desechos” a otra comunidad en vez de usarlos para algún beneficio de la propio”. Con la Ley de California el propósito es que sean las organizaciones comunitarias locales las que administren y dirijan los lugares necesarios para la logística del programa y se beneficien de los recursos económicos obtenidos. Las comunidades representadas por sus organizaciones como por ejemplo la Alianza de la que Kourtnii participa, son las que deciden cómo se recoge el compostaje, se almacena y se transporta. Ellas además realizan un intenso trabajo educativo virtual y presencial para que personas en sus hogares, instituciones, o en los locales comerciales puedan aportar al éxito de la iniciativa.

La ley es ambiciosa en sus metas: esperan que en el año 2025 de los 26 millones de libras de desperdicio orgánicos que  anualmente son producidas por los hogares y establecimientos comerciales del estado de California, el 75% (20 millones) sean compostadas. A pesar de sus exigentes metas, compostar no es obligatorio para las personas en sus hogares ni para propietarios de locales comerciales. La ley invita, persuade. Para quienes sí es mandatoria, es para los gobiernos de las grandes ciudades y de los pequeños municipios. Ellos deben garantizar que existen los mecanismos necesarios, para la logística y demostrar el cumplimiento del porcentaje de compostaje respectivo.

La ley de compostaje comunitario de California es un esfuerzo colectivo en donde cada eslabón: los hogares, las organizaciones sociales, las administraciones locales, tiene un compromiso. Sin la participación de cada uno la iniciativa puede fracasar. Pero los beneficios también son colectivos, son muestra de una nueva economía social y ambientalmente sostenibles.

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Por Stella Álvarez

Esta semana tuvimos la fortuna de hablar con Bárbara Masoner, una de las fundadoras y codirectora del Grow Local Colorado Park ubicado en Denver, el primer y más grande parque comestible de Estados Unidos. No se trata de un solo lugar, sino de un conjunto de parques de la ciudad y de jardines caseros dedicados al cultivo de hortalizas, vegetales y frutas que se entregan a personas necesitadas, que se alimentan en albergues, iglesias, bancos de alimentos y comedores populares.

Nacieron en 2008 como salida a la crisis financiera mundial, que trajo hambre y sufrimiento a miles de hogares de clase media y pobres a lo largo del país. “Un grupo de amigos nos reunimos para pensar qué podíamos hacer, queríamos ayudar a resolver el problema del hambre, pero con una mirada de equidad y sustentabilidad; empezamos con un solo jardín, y todo lo cosechado lo llevamos a un albergue; ahora somos un proyecto con 19 lugares, la mayoría de ellos son parques públicos incluyendo el Civic Center Park de Denver que es el más grande de la ciudad y el Parque que rodea la mansión donde funciona la gobernación del estado de Colorado”. Con el tiempo a la iniciativa de cultivar en los parques de la ciudad, se sumaron personas que empezaron a hacerlo en los patios de sus casas y crearon los jardines comestibles, pero manteniendo el mismo compromiso que es el corazón del proyecto: lo que se recoge, se lleva a los sitios donde se alimentan personas necesitadas.

La vocación por la solidaridad, el cuidado del medio ambiente y el desarrollo local se afirman en cada eslabón del proyecto. Todo el trabajo de cultivo, cuidado, recogida y entrega la hacen voluntarios de todas las edades. “No sembramos una planta sin que esté claro quién la va a recibir. El año pasado tuvimos voluntarios de escuelas primarias que ayudaron a cultivar y a cuidar algunos parques”. El agua necesaria para regar los cultivos la provee la alcaldía local, las semillas son nativas, provienen de donaciones y la producción es orgánica. A causa del clima que varía por las estaciones, inicialmente sólo cultivaban en un periodo de mayo a septiembre que incluye el final de la primavera, el verano y el principio del otoño, en los últimos años la alcaldía municipal les permitió sembrar árboles perennes y gracias a esa decisión hoy cultivan todo el año alimentos variados como: lechuga, tomates, zanahoria, berenjenas, albahaca, manzanas, pepinos y eneldos. El año pasado fue el de mayor producción con una cosecha de 9770 libras de alimentos.

Una de las cosas que más nos llamó la atención fue que Bárbara insistiera en que tienen voluntarios de todas las edades y de diferentes condiciones; además, que no se trata de fomentar la idea de que hay unos que dan y otros que reciben. “Tenemos personas hasta de 80 años, No hay un solo perfil de voluntarios. Lo único que tienen en común es que sienten compasión y que quieren que las cosas cambien y ayudar a cambiarlas”. Nos explicó que los jardines funcionan de manera independiente. Por ejemplo, hay algunos que son cultivados y cuidados por personas en rehabilitación de drogadicción, otros por quienes hacen parte de  iglesias y así, cada jardín comestible, no sólo resuelve las necesidades de alimento sino que también hace parte de los proyectos de vida de sus guardianes.

La vocación comunitaria de este proyecto es contagiosa. Le preguntamos que si, por ejemplo, alguno de nosotros iba caminando por uno de los parques comestibles y se antojaba de una manzana la podía tomar y nos dijo sin dudarlo: “Si, claro, pero nadie lo hace”. No necesitamos más explicación para comprender cómo la comunidad en general ha asumido el sentido que inspira todo el trabajo.

El Grow Local Colorado Park y convertir los parques en comestibles, es una manera de enfrentar colectivamente el desafío de alimentarnos y de garantizar que lo hacemos todos.  Nos trae la certeza que los parques son tan públicos, como pública debería ser la discusión sobre la realidad de que hay personas sin alimentos suficientes o sin alimentos saludables. También nos revela que las salidas solidarias pueden ser tan bellas como el más bello jardín.

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Por Stella Álvarez

La conversación tuvo de fondo, los árboles de pera y melocotones movidos por el viento del invierno que ya está entrando en la comunidad de la Selva a la que Gloria y Eusebia pertenecen. Sus palabras se mecieron todo el tiempo con la cadencia que les da el pijcheo, la costumbre de masticar las hojas de la mata sagrada de la coca. Así, poco a poco fuimos conociendo a Yanapasiñani una experiencia en que se desataron las fuerzas de cambio empujadas de un lado por una asociación de mujeres indígenas productoras de frutas y de otro lado, por la voluntad de un gobierno nacional y de gobiernos municipales comprometidos con la agricultura campesina, para crear un proyecto que da la sensación de ser imparable.

Comenzaron contándonos el significado del nombre de su organización y ahí empezamos a comprender la fuerza de su proyecto: Yanapasiñani es una palabra Aymará que significa “nos ayudaremos” como un compromiso sin excusas. Nacieron en el 2006 y el nombre de la organización fue escogido entre todas. Inicialmente tuvieron como objetivo formar lideresas y con orgullo, cuentan que actualmente algunas de las 200 mujeres que la integran son autoridades en la alcaldía municipal. Su transformación personal las llena de orgullo: “la organización me ha enseñado a trasmitir mis pensamientos y decir lo que yo pienso” dice Gloria. Pero ahora persiguen otros objetivos igualmente ambiciosos: “buscamos la autonomía económica de las mujeres para luchar de alguna manera contra la violencia”.

 

 

Esa autonomía económica no podía venir de otra cosa que de la actividad que han realizado por años y es la siembra, recolección y venta de manzanas, melocotones, (ellas lo llaman damascos), duraznos y peras. En esta historia todo huele a fruta, a dulce. Su comunidad está localizada en el municipio de Sapahaqui en la provincia de Loayza a tres horas de La Paz, que es la capital de Bolivia. Es un valle interandino rodeado por el rio Sapahaqui y tienen tres pisos térmicos, lo que les permite tener el suelo, los vientos y las temperaturas ideales para sus frutas.  Su día inicia a las 4 de la mañana recogiendo las frutas; en la tarde y noche organizan los canastos en que la transportan para venderlas al día siguiente desde muy temprano, en los tambos que es como se llaman los puestos de venta de los mercados de El Alto y la Paz.

En los últimos años decidieron pasar a combinar la venta de la fruta en forma natural con el proceso de deshidratación además de elaboración de mermeladas y otros productos transformados, que les permite mayores beneficios económicos, la industrialización de sus productos y llegar a más hogares del país, inclusive se han proyectado como exportadoras. Esta nueva etapa las puso en un nuevo lugar, retador, pero en el que se les nota toa la ilusión y la confianza que han ganado en su proceso de construcción personal y social. Lo dicen sin miedo: “Queremos ser empresarias”.

¿Y para qué les sirvió el estado?

Cada vez que Gloria y Eusebia cuentan cómo han avanzado en su camino personal y colectivo, se deja traslucir lo tejido por el aporte de las políticas gubernamentales. Para iniciar, les apoyaron para que cada familia cuente con títulos de propiedad de sus tierras; su comunidad La Selva está conformada por 40 familias propietarias. Sus casas fueron construidas en un proyecto del gobierno nacional de mejora de vivienda rurales cuya contraprestación fue que las familias contribuyeran con algunos materiales de construcción. El Ministerio de tierras les aporta insumos para la producción como semillas y abonos, maquinaria y mejoras de la calidad de la tierra.

Todo este apoyo a la producción campesina e indígena se complementa con estrategias para la comercialización. El programa EBA del gobierno nacional va a sus comunidades y les compra las frutas y algunas verduras que cultivan, ahorrándoles la logística y los costos necesarios para el transporte y la venta. Quien no quiera venderle a EBA puede hacerlo en el mercado de La Paz que es un programa de apoyo a la economía familiar del municipio. Por otra parte, los funcionarios públicos reciben parte de su salario en una Billetera virtual, una aplicación para comprar alimentos a la agricultura indígena y campesina.

Su paso hacia la producción tecnificada ha sido apoyado por el gobierno municipal una ONG que les dio las máquinas  y la Universidad de San Andres que las capacitó. No hay duda que estas mujeres son imparables, empoderadas como se perciben ellas mismas. Sus logros son todo suyos. Pero tampoco hay duda lo que logra un estado realmente comprometido. Que le apueste a la calidad de vida de su pueblo, a la producción nacional y a decidir de manera soberana qué comer y cómo producir su comida.