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Por Stella Álvarez

Arash Derambarsh es un abogado francés que inició, tal vez sin planearlo, lo que sin duda ha sido una revolución en el campo alimentario. En el año 2014 siendo concejal de Courbevoie, un municipio del noroeste de París, repartió durante más de un mes los alimentos en buen estado que botaba un supermercado de la región. Su acción no pretendía quedarse ahí. Buscaba llamar la atención sobre el hambre que sufren muchas personas en su municipio, además de confrontar ese sufrimiento con el descomunal desperdicio de alimentos que producen los supermercados, restaurantes y granjas procesadoras de frutas y verduras.

Después de esta primera acción Arash emprendió una campaña por medios digitales y redes sociales con los mismos objetivos. Todo su trabajo ayudó  a impulsar la aprobación, por parte del parlamento francés de una ley que tiene un objetivo revolucionario: declarar ilegal el desperdicio de alimentos y transformar radicalmente la manera como se concibe el manejo de la comida al interior de las instituciones. A partir de esa ley se ha sensibilizado a la comunidad sobre un problema que enfrentan la mayoría de países del mundo y es la enorme cantidad de alimentos que se tiran a la basura porque no se venden en los supermercados y que constituyen un doble problema: son una de las principales fuentes de contaminación del planeta y cuestionan la ética de una sociedad opulenta que por un lado produce más alimentos de los que requiere y por otro, condena al hambre a quienes no pueden pagar por ellos.

La ley francesa en concreto obliga a los supermercados que tengan un área igual o mayor a 400 m2  a desarrollar convenios con organizaciones no gubernamentales y con bancos de alimentos para donarles los productos que están próximos a vencerse y no se vendieron. Quienes incurran en violar esta determinación son multados por una cifra que arranca en los 10 mil euros. La ley también prohíbe a los supermercados deteriorar intencionalmente los alimentos que están próximos a vencerse, que es una práctica muy difundida en estos negocios. Esta ley tuvo un efecto dominó y otros países europeos aprobaron leyes con contenidos similares, cada vez con propuestas más audaces que incorporan nuevas herramientas sociales y tecnológicas. Es el caso de Alemania, Inglaterra, Italia y Dinamarca. Una de las propuestas más novedosas es la de España, donde se aprobó una ley que tiene un componente adicional: obliga a los restaurantes a entregar a cada cliente una “bolsa de los perros” para depositar en ella lo que no consumieron para que alimenten sus animales domésticos.

Las leyes europeas están siendo un ejemplo a nivel mundial y cada vez hacen parte de paquetes de iniciativas que traspasan el ámbito alimentario para integrarse al proceso de lucha contra el cambio climático y apoyo a la transición energética.

Estas iniciativas legislativas tienen un contenido profundo: sus efectos sociales y ambientales son evidentes, además rompen con la inercia de pensar que después de pagar por ellos, los alimentos son propiedad individual con la que cada uno de nosotros está en libertad de proceder según su propio criterio. Es un llamado a la solidaridad, a la racionalidad para no comprar más de lo que necesitamos y a amar al planeta que nos proporciona esos alimentos.


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Por Stella Álvarez

Bruno Vasquetto y su familia tienen una finca en Córdoba, Argentina, donde practican desde hace varios años una manera alternativa de criar vacas para el consumo de su carne. Algunos llaman a este conjunto de nuevas prácticas “carne agroecológica” pero él prefiere llamarlo ganadería regenerativa. Conversar con Bruno es recibir toda una clase sobre los problemas derivados de la cría convencional de ganado vacuno, los herbívoros, su importancia en los ecosistemas, en la salud del planeta y de los seres humanos y, como trasfondo, los retos que enfrentan los medianos y pequeños productores de alimentos en el campo.

Para comenzar la conversación le pedí que nos explicara cuál es el fundamento de la ganadería regenerativa. Nos dice que primero hay que entender que la producción de carne hoy enfrenta múltiples cuestionamientos por parte de la sociedad. Pero tal vez se comete un error al tratar de meter todos los problemas en una misma bolsa. Nos cuenta que, como su nombre lo indica, se parte de reconocer que se requiere una regeneración de la naturaleza porque ya se le hizo un daño considerable. “La ganadería regenerativa es una imitación de cómo se comportan los herbívoros en la naturaleza como las vacas y las ovejas. Lo que proponemos es imitar ese sistema, pero hacerlo en condiciones contemporáneas. Los rumiantes pueden ser una gran herramienta para gestionar los ecosistemas si se crían en las condiciones adecuadas”.

Y es que la familia de Bruno llegó a esta decisión porque enfrentaron una realidad cruel: cultivaban soya de manera convencional, tuvieron una crisis económica, pero también evidenciaron el deterioro y la degradación de su finca: llovía y el agua escurría, se morían los árboles, había baja infiltración de agua en el suelo. “Esa alarma financiera y ambiental nos hizo replantear lo que estábamos haciendo. Ya no basta con conservar, hay que regenerar, y en la medida en que se regenera el campo, se regeneran las personas”.

Las condiciones que por miles de años tuvieron los herbívoros, Bruno las resume así: “ellos estaban siempre en grandes grupos compactos, iban pastoreando en manada, por periodos cortos. Se iban moviendo permanentemente hacia un lugar nuevo debido a la presencia de depredadores. Hoy, podemos imitar ese comportamiento y mejorar la captación de CO2 y regenerar el suelo y el ecosistema”. Nosotros en el Mate tenemos dos criterios básicos: primero el bienestar animal respetando el comportamiento y la naturaleza de cada especie —él, de manera jocosa, nos dice: “hay que respetar la gallinez de la gallina”—, y en segundo lugar pensar de manera holística en tres componentes: el suelo, el pasto y el animal. Si hay suelo sano, hay pasto sano y animales sanos y como resultado, una mejor salud para los seres humanos.

Aplicando estos principios, en concreto, en el Mate los animales comen solamente pasto, se mueven en manada y todos los días se les dan porciones de pasto fresco. Así, los pastos pueden descansar por periodos. Ellos no alimentan a los animales con cereales como en la ganadería convencional industrializada, ni cuidan los suelos con productos químicos como también se hace hoy en la producción en masa. “Hace 10 años que no usamos productos químicos y nuestros resultados han sido muy satisfactorios”.

Cuando iniciaron estos cambios, El Mate era uno de los escasos proyectos con esta nueva forma de crianza de animales. Hoy ya son muchos criadores que han emprendido la trasformación. Y es que los problemas actuales como, por ejemplo, la pandemia por un virus que se originó en animales, los costos de los cereales por la guerra en Europa, los precios de los insumos para nutrir el suelo, entre otros, ha hecho que muchos se sumen. Y es que Bruno no tiene dudas en creer que la ganadería regenerativa es la alternativa para la subsistencia del pequeño y mediano productor.

Una cría alternativa de animales para el consumo humano es urgente. El deterioro medio ambiental derivado de la crianza industrializada y las consecuencias para la salud del medio ambiente y de las personas reclaman cambios impostergables.

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Por Stella Álvarez

Esta semana nos reunimos con Antonio Arbeláez, un antiguo habitante de una ciudad colombiana que un día decidió retornar al campo y adoptar una nueva identidad: la de “neocampesino”, es decir, una persona que se dedica al campo y a la agricultura sin que inicialmente ese hubiera sido su oficio o profesión. Empezó practicando la agroecología pero pronto se vio enfrentado a una cruda realidad: “Sin semillas no hay agroecología” y las nuestras están en peligro. Por eso desde hace 10 años, junto a otras 45 personas, integran una red que se dedica al cuidado de la vida, realizando una tarea muy particular: son custodios de semillas nativas y criollas en el departamento del Quindío (Colombia).

La primera inquietud que nos surgió fue ¿En qué consiste su oficio?; ¿Qué es ser un custodio de semillas? Nos explicó que: “Es una persona que identifica una semilla que ya no se usa o que está en peligro de extinción. La cuida, aprende sobre ella, selecciona las mejores, la siembra y luego la comparte, la intercambia o en ocasiones la vende. Cada custodio coge una semilla como si fuera el último encargo que le hicieran los dioses para salvar a la humanidad”. Quien se dedica a esta actividad, hace toda una tarea de rescatar la semilla, pero va más allá. Difunde sus usos, promueve sus preparaciones y trata de devolverle el lugar que ese alimento en algún momento tuvo en nuestra cultura alimentaria.

Y es que, aunque nos cueste creerlo, nuestras semillas necesitan custodios como Antonio y su grupo, porque corren peligro y tienen enemigos muy poderosos. “Para entenderlo, primero hay que saber que una semilla no es una pepa. Es un ser vivo. Es un niño dormido que está esperando que lo lleven a la oscuridad y al agua. Cada una de ellas porta información genética, del medio ambiente y de la cultura”. Ahí radica su fuerza, pero también su fragilidad. Porque resulta que este milagro que reproduce la vida tiene tres enemigos: en primer lugar las multinacionales que han monopolizado las certificaciones y ahora no es posible en casi ningún país, vender alimentos si la semilla no está certificada. Estas empresas para ganar más en su negocio, solo se dedican al comercio de semillas de pocas variedades de unos cuantos alimentos. Por ejemplo, nos dice Antonio, que en el mundo hay más de 37 mil variedades de frijol, pero se comercian sólo unas cuatro. ¿La razón?: necesitan facilitar los empaques, el transporte y el mercadeo y eso se logra solo si se dedican a vender millones de semillas pero de unos pocos tipos.

Los otros enemigos de las semillas son las leyes que actualmente y en casi todos los países, obligan a los agricultores a sembrar únicamente las semillas vendidas por esas multinacionales. Campesinos de todo el mundo son explotados cada vez que siembran los alimentos porque están obligados a comprar las semillas certificadas. Algunos de ellos por su resistencia al monopolio de las multinacionales han ido a parar a la cárcel. El otro enemigo somos nosotros mismos, que sin quererlo, hemos dejado que las compañías decidan qué comemos y cómo lo preparamos.

Para poner un ejemplo de la crisis de nuestras semillas, en Quindío había hace algunos años unas 17 variedades de maíz. Hoy, nos cuenta Antonio, solo se usan dos. Y eso sucede en todos los países con los alimentos tradicionales. Pero las semillas que están en peligro no son sólo las que se usan para producir alimentos. Igual riesgo corren las de algodón con que elaboramos nuestra ropa, las de las plantas medicinales, las semillas de las plantas usadas para producir canastos, empaques, sombreros, sillas etc. Es decir, el riesgo es para toda la reproducción de nuestras culturas.

Los frutos del trabajo de los custodios del Quindío son evidentes: venden sus alimentos en el mercado agroecológico, rescatan formas tradicionales de preparar alimentos y con orgullo Antonio dice, por ejemplo, que en su finca tiene al menos 57 tipos de yuca y que pronto harán un encuentro nacional de custodios de la yuca. Lo hacen porque saben que es necesario preservar esta riqueza, pero además porque comprenden la importancia para nuestra supervivencia, de tener alternativas a los pocos alimentos que hoy consumimos y que están en manos de las multinacionales.

La recuperación de nuestras semillas y de las maneras de preparar los alimentos es, sin duda, el primer paso para nuestra soberanía. No es posible pensar en salidas a la crisis alimentaria si primero no hacemos un ejercicio de liberación de nuestras prácticas y del material cultural y genético que guardan nuestras semillas.

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