Por Stella Álvarez

Las ollas comunitarias de Perú son, tal vez, la forma de organización popular para alimentarse solidariamente entre vecinos, más antigua de América Latina. Nacieron desde 1980 pero se reinventan cada vez que una nueva crisis política y económica las golpea con fuerza, como suele suceder en nuestros países. Abilia Ramos lidera una de las ollas comunes de San Juan de Lurigancho en Lima, Perú, que salvó del hambre a los vecinos durante la pandemia, pero que también sacó a flote una fuerza descomunal en estas mujeres que ahora aspiran y exigen una vida mejor.

Las primeras ollas comunitarias del Perú, las de 1980, se convirtieron en comedores comunitarios ­-ese es su “nombre oficial”- y pasaron a ser un programa gubernamental que, según nos cuenta Abilia, cayó preso de todas las artimañas de la corrupción y el clientelismo. Estos comedores también cerraron durante la pandemia. Así, la olla comunitaria que es la forma popular de afrontamiento de la necesidad de alimentarse, recobró vida los primeros días del cierre en marzo de 2022. Abilia y otras mujeres buscaron ollas, sartenes, improvisaron cocinas en diferentes sitios del barrio y emprendieron la tarea de resistir una amenaza tan temible como el virus: el hambre. “No teníamos nada, no teníamos ollas, tampoco con qué revolver esas cantidades de alimentos, teníamos que partir las escobas para cargar las ollas. Así empezamos a cocinar y llegamos a preparar comida hasta para 250 personas”.

Pero sus enemigos estaban por todos lados: no tienen agua en sus casas, deben cocinar con leña, no tenían suficiente comida, el gobierno nacional y los gobiernos municipales sostenían que no era cierto que se hubieran conformado las ollas, ni que estuvieran necesitando alimentos. Tuvieron que ingeniarse un sistema de comunicación para la resistencia y movilizarse de una manera que estas mujeres nunca lo habían hecho, ni siquiera lo hubieran pensado. “Un grupo de organizaciones decidió empezar a visibilizar este trabajo de las ollas comunitarias. No sabíamos qué era Zoom, pero empezamos a participar de las reuniones. Veíamos que nosotras trabajábamos pero el estado estaba invisible. Empezamos a poner banderas blancas para alertar que necesitábamos alimentos, el equipo de comunicaciones hacía los videos para mostrar nuestro trabajo. Hicimos plantones, cacerolazos, marchas, y todos los viernes salían nuestros videos con las ollas comunes”. Así nos hicimos sentir. La gente se dio cuenta que era verdad que estábamos trabajando, que necesitábamos alimentos y logramos algo de presupuesto.

Escuchando la fuerza con la que se expresa Abilia nos va quedando claro que las ollas comunitarias lograron más allá de su cometido de resolver el problema urgente de la alimentación y así salvarse entre todos del hambre. También aprendieron a movilizarse para exigir su derecho a alimentarse, a relacionarse con instituciones públicas y privadas, a protestar, a reclamar su lugar como hacedoras de políticas sociales: “Las señoras nos veíamos ahí en los videos protestando, gritando que la alimentación es un derecho. A partir de ahí nos organizamos, aprendimos a comunicarnos y ahora tenemos un equipo técnico bien preparado que nos ha permitido sentarnos a hablar hasta con el presidente”.

No quieren idealizar lo alcanzado. Tienen claro que ellas no se pueden quedar ahí. Supieron que tienen otras aspiraciones: algunas quieren aprender a leer y a escribir, otras desean ser profesionales, otras convertirse en microempresarias para vender alimentos en su entorno. “No queremos ser toda la vida una olla comunitaria. La olla nos ha servido para conocernos, para organizarnos pero es un trabajo muy duro. Nos toca cargar las cosas, a veces pagarlas de nuestro bolsillo. Nadie quiere quedarse aquí por siempre. Y es que además muchas señoras han empezado a educarse, por eso han surgido emprendimientos como panaderías y otros pequeños negocios. Hay mujeres que saben preparar unos alimentos que ni conocíamos. Eso si es lo que queremos. Empleo, educación, conocimientos en nutrición, oportunidades”.

Las ollas comunes, lo dijo también Abilia, han sido y seguramente serán la forma como nos salvemos juntos en los momentos de crisis. Pero también es importante que la solidaridad no sea la cruz para unos pocos, casi siempre mujeres. Tendremos que aprender de estas formas colectivas pero con dignidad.

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Por Stella Álvarez

Esta semana nuestro encuentro fue con Janna y Bill Beckler, socios desde hace 20 años de Slope Park Food, una de las cooperativas de venta de alimentos más antiguas del mundo ubicada en Brooklyn, Nueva York, que ha inspirado y aún sigue inspirando a gente de varios países para construir un nuevo modelo empresarial para la venta de alimentos y que ha sido llamado “el proyecto social más bonito de Estados Unidos”.

Esta singular iniciativa nació en los años 70 en el corazón de Nueva York. Un grupo de vecinos del sector de Slope Park en Brooklyn iniciaron un “club de compradores” para adquirir los alimentos juntos y ahorrar dinero y tiempo. Esa idea se transformó en una cooperativa que ahora tiene un gran local donde venden alimentos y productos del hogar para sus 20 mil socios que son a su vez los dueños de la empresa y sus empleados.

Solo quienes son socios pueden comprar en la cooperativa. Para poder hacerlo deben trabajar en ella tres horas al mes, realizando las labores de logística y las funciones administrativas que todo distribuidor de alimentos necesita. Este modelo, es el que les permite una disminución de precios de hasta 30% en muchos de los alimentos y productos que venden. Por ejemplo, Bill que en su vida cotidiana es profesional, en la cooperativa tres horas al mes se encarga de partir y empacar los quesos y envasar la canela. Janna, quien también es profesional, ayuda a quien lo necesite a transportar los alimentos comprados hasta el carro o el tren. Ella a veces realiza otras funciones: “Con frecuencia trabajo en la caja registradora. Me encanta estar ahí, porque puedo ver todos los productos y a la vez conversar con la gente”.

El funcionamiento suena fácil pero detrás hay un enorme sentido de pertenencia y una necesidad de lazos comunitarios.  Las metas de la Cooperativa son a la vez personales y colectivas: Nos cuentan que se han propuesto lograr tres cosas: “Primero queremos tener comida de muy buena calidad a buen precio. En segundo lugar, queremos ganar una experiencia comunitaria. Por último, la cooperativa nos da la oportunidad de apoyar un negocio pequeño en vez de a los grandes supermercados”.

El tipo de productos que venden en la Cooperativa también está pensado desde la perspectiva del bien común. Privilegian los productos orgánicos, las compras a pequeños productores y procesadores locales y se han propuesto tener un número limitado de estantes de productos que contienen altos porcentajes de azúcar. Una de sus características es que no tienen departamento de mercadeo ni reciben dinero de los grandes productores para exponer los productos en los lugares más visibles de la tienda.

Cuando les preguntamos qué valoran de pertenecer a la Slope Park Food y cuál es el rol que ella cumple en el vecindario nos dijeron convencidos: “Es su centro de gravedad. Muchos socios decidimos dónde vivir de acuerdo a la ubicación de la cooperativa. Ella aporta muchos valores a nuestras vidas, por ejemplo, en la relación con nuestra comida, nuestra comunidad. Lo más importante es que el tiempo que pasamos en ella es muy agradable. No es trabajo que nos pagan, es trabajo que nos da valor porque estamos produciendo para nuestros vecinos y comunidad”.

Este ingenioso modelo empresarial asociativo y comunitario ha inspirado, especialmente en los últimos años, la creación de formas similares alrededor del mundo. Un artículo publicado en el portal TheNews.Coop el órgano de difusión de las cooperativas en idioma inglés, destaca que al menos 18 nuevos mercados se han abierto en los últimos años en Europa, con un esquema similar y reconoce la influencia de la experiencia de los vecinos de Brooklyn. Tres de estas nuevas organizaciones son la cooperativa La Louve (la Loba) ubicada en el corazón de París, The Bees en Bélgica y Alter Coop en Luxemburgo.

No hay duda que la propiedad colectiva de la distribución de alimentos puede ser una de las salidas más ingeniosas y prometedoras para enfrentar el alza de los precios de los alimentos y para construir el tan anhelado comercio justo para productores y consumidores. También es un camino que nos devuelve la soberanía sobre nuestra comida.

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Mira la entrevista completa en inglés aquí:

Imágenes tomadas de: https://foodcoop.film/es/el-documental/


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Por Stella Álvarez

Esta semana tuvimos la fortuna de hablar con Bárbara Masoner, una de las fundadoras y codirectora del Grow Local Colorado Park ubicado en Denver, el primer y más grande parque comestible de Estados Unidos. No se trata de un solo lugar, sino de un conjunto de parques de la ciudad y de jardines caseros dedicados al cultivo de hortalizas, vegetales y frutas que se entregan a personas necesitadas, que se alimentan en albergues, iglesias, bancos de alimentos y comedores populares.

Nacieron en 2008 como salida a la crisis financiera mundial, que trajo hambre y sufrimiento a miles de hogares de clase media y pobres a lo largo del país. “Un grupo de amigos nos reunimos para pensar qué podíamos hacer, queríamos ayudar a resolver el problema del hambre, pero con una mirada de equidad y sustentabilidad; empezamos con un solo jardín, y todo lo cosechado lo llevamos a un albergue; ahora somos un proyecto con 19 lugares, la mayoría de ellos son parques públicos incluyendo el Civic Center Park de Denver que es el más grande de la ciudad y el Parque que rodea la mansión donde funciona la gobernación del estado de Colorado”. Con el tiempo a la iniciativa de cultivar en los parques de la ciudad, se sumaron personas que empezaron a hacerlo en los patios de sus casas y crearon los jardines comestibles, pero manteniendo el mismo compromiso que es el corazón del proyecto: lo que se recoge, se lleva a los sitios donde se alimentan personas necesitadas.

La vocación por la solidaridad, el cuidado del medio ambiente y el desarrollo local se afirman en cada eslabón del proyecto. Todo el trabajo de cultivo, cuidado, recogida y entrega la hacen voluntarios de todas las edades. “No sembramos una planta sin que esté claro quién la va a recibir. El año pasado tuvimos voluntarios de escuelas primarias que ayudaron a cultivar y a cuidar algunos parques”. El agua necesaria para regar los cultivos la provee la alcaldía local, las semillas son nativas, provienen de donaciones y la producción es orgánica. A causa del clima que varía por las estaciones, inicialmente sólo cultivaban en un periodo de mayo a septiembre que incluye el final de la primavera, el verano y el principio del otoño, en los últimos años la alcaldía municipal les permitió sembrar árboles perennes y gracias a esa decisión hoy cultivan todo el año alimentos variados como: lechuga, tomates, zanahoria, berenjenas, albahaca, manzanas, pepinos y eneldos. El año pasado fue el de mayor producción con una cosecha de 9770 libras de alimentos.

Una de las cosas que más nos llamó la atención fue que Bárbara insistiera en que tienen voluntarios de todas las edades y de diferentes condiciones; además, que no se trata de fomentar la idea de que hay unos que dan y otros que reciben. “Tenemos personas hasta de 80 años, No hay un solo perfil de voluntarios. Lo único que tienen en común es que sienten compasión y que quieren que las cosas cambien y ayudar a cambiarlas”. Nos explicó que los jardines funcionan de manera independiente. Por ejemplo, hay algunos que son cultivados y cuidados por personas en rehabilitación de drogadicción, otros por quienes hacen parte de  iglesias y así, cada jardín comestible, no sólo resuelve las necesidades de alimento sino que también hace parte de los proyectos de vida de sus guardianes.

La vocación comunitaria de este proyecto es contagiosa. Le preguntamos que si, por ejemplo, alguno de nosotros iba caminando por uno de los parques comestibles y se antojaba de una manzana la podía tomar y nos dijo sin dudarlo: “Si, claro, pero nadie lo hace”. No necesitamos más explicación para comprender cómo la comunidad en general ha asumido el sentido que inspira todo el trabajo.

El Grow Local Colorado Park y convertir los parques en comestibles, es una manera de enfrentar colectivamente el desafío de alimentarnos y de garantizar que lo hacemos todos.  Nos trae la certeza que los parques son tan públicos, como pública debería ser la discusión sobre la realidad de que hay personas sin alimentos suficientes o sin alimentos saludables. También nos revela que las salidas solidarias pueden ser tan bellas como el más bello jardín.

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Por Stella Álvarez

Esta semana conversamos con Luis Bracamontes agrónomo y actualmente estudiante de doctorado, gestor junto con otras 30 personas, la mayoría de ellas mujeres, de la Cooperativa “La Imposible” ubicada en la Colonia Obrera de la capital mexicana. Nos sorprendió su juventud y tenacidad para crear y sobre todo para perseverar en un modelo de gestión que como su nombre lo indica, puede parecer irrealizable. Y es que si hay alguna dificultad en este tipo de procesos es construir una alternativa para alcanzar un precio justo.

Nacieron en el 2015 como respuesta colectiva de pequeños productores y transformadores de alimentos que abastecen a mercados de la capital de México. Tenían en común el malestar con las formas de relación dominante generadas por los supermercados, que en la mayoría de los casos resultan nocivas para el productor, el consumidor y el medio ambiente. Así, ese grupo decidió embarcarse en un sueño retador al que llamaron la Imposible porque según afirma “Cuesta trabajo que cada vez más gente se vincule a una forma solidaria”. Pero es que además de las dificultades propias de estos proyectos, aunque aparentemente la cooperativa se parece a otras experiencias de redes alternativas de alimentos, tiene una diferencia sustancial y es lo novedoso de su mecanismo para establecer los precios de los alimentos.


Similar a otros proyectos, La Imposible vende alimentos cultivados o transformados por sus socios que son pequeños productores y procesadores; su oferta incluye entre otros hortalizas, frutas, huevos, pollo, granos, lácteos, chocolate, cerveza y pan artesanal. Cada dos semanas preguntan a los productores, a través de una plataforma electrónica qué productos pueden ofrecer porque algunos de ellos cultivan alimentos de estación o en ocasiones no alcanzan a producir los volúmenes necesarios para garantizar disponibilidad permanente. Con la respuesta recibida conforman una lista que envían a los consumidores, para que hagan sus pedidos, usando también la misma plataforma electrónica. Un pequeño grupo de 15 personas gestiona este proceso, organiza los alimentos en el local, que comparten con otros proyectos comunitarios solidarios y se preparan todos para el día de la entrega que son los sábados cada dos semanas. Ese día los consumidores van y toman su pedido.  Cada proveedor fija el precio de su producto. El consumidor conoce ese valor reconocido al productor, que a la vez es la base de lo que él o casi siempre ella debe pagar y opta libremente por aportar entre un 5 a 20% más, por la gestión administrativa realizada.

El novedoso sistema para la fijación de precios les ha permitido garantizar estabilidad para los consumidores y productores a lo largo de todo el año. Obviamente esa confianza en el criterio y compromiso del consumidor nos llamó la atención. Supimos además que han tenido casos en que las personas justifican que no pueden hacer un aporte a la gestión administrativa y también es válido. Le preguntamos a Luis qué tanto confían en la justicia de las decisiones de los consumidores, y nos dijo con toda claridad: “Cuando una organización promueve en sus prácticas una lógica solidaria, la gente reacciona en la misma forma”.

Nos contó además que dentro de sus actividades también asesoran grupos de todo el país, que por fortuna cada vez son más, dispuestos a cambiar las maneras de producir, intercambiar y comercializar la comida. Por ejemplo, realizarán este 22 de junio el “Cuarto taller de organización de redes alimentarias alternativas”.

La cooperativa La imposible nos demuestra que es necesario acudir a la creatividad para alcanzar el objetivo del precio justo para ambos eslabones de la cadena, que han perdido su conectividad y su soberanía en manos de las decisiones tomadas por las grandes cadenas de supermercados. Un encuentro cara a cara entre quienes nos garantizan la comida y los consumidores puede hacernos emerger el rostro de la solidaridad.

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Por Stella Álvarez

Ella se dotó a sí misma de un nombre: Arco Iris aunque se llama Lucero Blanco que también suena poético y luminoso. Tiene una voz suave pero no hay duda que está convencida y que tiene confianza plena en lo que hace. Junto con su esposo y sus cuatro hijos pertenecen a AgroSolidaria, una red de 32000 familias vinculadas entre sí, para la  producción, el transporte, la venta y el consumo de alimentos provenientes de la agricultura familiar y campesina en 19 departamentos de Colombia.

AgroSolidaria nació hace 30 años por iniciativa de nueve personas vinculadas a trabajos comunitarios en Boyacá, un departamento dedicado al cultivo de alimentos realizado en pequeñas parcelas donde se producen frutas, verduras y hortalizas. Hoy la red es una gran confederación que aglutina 137 procesos asociativos relacionados con la producción, procesamiento, venta de alimentos y turismo ecológico, todos dedicados al fortalecimiento de los entornos rurales y al bienestar de sus habitantes.

Sus actividades giran alrededor de las familias asociadas: “pretendemos que cada familia satisfaga sus necesidades, genere excedentes económicos y tenga un plan de vida digno”. Al mismo tiempo tienen objetivos sociales como recuperar alimentos autóctonos que han sido desplazados por la agricultura industrial, protegen la diversidad alimentaria: “hemos logrado recuperar ocho variedades de trigo criollo”, impulsan la producción agroecológica, el cuidado del agua y del suelo. Fruto de este proceso hoy apoyan la producción y el comercio de más de 750 alimentos frescos y transformados tan diversos como chia, quinua, frutos amazónicos como el cacao, arroz, castaño, miel, ajonjolí, maíz, mora, gulupa, además de productos procesados como conservas y jabones.

 

 

La red ha construido lo que denominan un “circuito alimentario” para lograr la sostenibilidad de los diferentes eslabones de la alimentación. Las familias vinculadas reciben apoyo técnico, insumos, asesoría y recursos económicos provenientes de los fondos solidarios originados en el conjunto del trabajo de la red y sus propios aportes; utilizan también el trabajo mutuo en convites y “mano cambiada” es decir,  formas tradicionales de apoyo entre vecinos para la producción de alimentos y el intercambio de sus beneficios. Tienen además plantas de transformación como la usada en el proceso de la quinua, el cacao y la miel. Para la venta de los productos poseen sus propios locales de acopio y distribución y participan de mercados locales.

La venta de los productos originados por las familias es su proceso más reciente y más retador. Se trata no sólo de tener locales, sino además de aprender sobre el comercio de alimentos que está monopolizado por las grandes cadenas de supermercados. Es en este proceso de venta en el que Lucero se ocupa en un almacén en Bogotá, trabajando para lograr ese equilibrio difícil que es el comercio justo: “nosotros generamos nuestros propios procesos de distribución para que el productor reciba lo justo por su trabajo pero que el consumidor también pague lo justo, sin especulación; creemos que el comercio justo es necesario para que se le retribuya toda la labor realizadas en todos los eslabones, porque están interconectados. Por eso nuestro consumidor no es pasivo, es una familia que apuesta solidariamente por apoyar los procesos”.

Después de un largo rato de conversación entusiasta le pregunto sobre el impacto en la vida cotidiana de las familias. Cierra los ojos y se nota que no tiene que pensarlo mucho. Piensa en la de ella. “Los niños ven que el trabajo los beneficia en el plato. Cuando mis hijos se sientan a comer por ejemplo, nuestras papas nativas, me dicen: mami nosotros si comemos muy rico, ¿cierto?”.

Le pido entonces que me defina desde su sentir qué es AgroSolidaria y dice “Somos una comunidad una gran familia. Somos más  que una red, porque hay calorcito de corazón. Somos una familia y a las familias las une el amor, las relaciones y el alimento rico”.

Las formas asociativas en todos los eslabones del proceso alimentario son la alternativa a la crisis global; el alimentarse saludablemente es un derecho que debe ser garantizado a todos los habitantes del planeta. Pero no cualquier alimento ni cultivado y transformado de cualquier manera. Su producción y comercialización también deberían ser considerados bienes comunes.

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Por Stella Álvarez

Miguela Varela hace parte de la “Red de alimentos cooperativos de Argentina”, una de las organizaciones más grandes de América Latina que se propuso encarar un enorme desafío: construir una alternativa solidaria, para competir con las grandes cadenas de supermercados en la venta de alimentos. Ella tiene las ideas claras, y se le nota es sus expresiones contundentes, a veces polémicas, pero siempre firmes; fruto de la confianza en lo que hacen y en la experiencia ganada desde 2014 en que un grupo de pequeños productores de alimentos concluyeron que los supermercados se estaban apropiando de gran parte de su trabajo, sin beneficio para los consumidores.

Decidieron entonces que era hora de crear sus propios almacenes para vender los productos de la agricultura familiar, el cooperativismo y  la economía solidaria. Cinco voluntarios, entre ellos Miguela, se encargaron de organizar la venta de los productos, aunque confiesa que no tenían ninguna experiencia en el tema y que en un principio tampoco recibían un salario por su trabajo. Era la unión de ideales y voluntades. Hoy son una red que cuenta con 30 almacenes en varias provincias, cuatro de ellos en Buenos Aires, con 35 empleados  directos, en donde venden más de 1200 productos como harinas, cereales, conservas, hierbas, vinos y en menor medida frutas y verduras agroecológicas.

 

 

La red es un espacio para la solidaridad y ayuda mutua y ese es su sello de identidad; sus integrantes son cooperativas ya sea de productores, comercializadores, insumos para la producción y hasta de comunicación “nos dimos cuenta que tenemos que abordar toda la cadena de valor de los alimentos”. Además no apoyan soluciones individuales aisladas de pequeños productores “no creemos que una persona pueda tener a largo plazo un desarrollo de manera individual, por eso apostamos sólo a las cooperativas”. Exigen también el apoyo mutuo “no somos un depósito, si ayudamos  a solucionar la comercialización de un producto de una cooperativa, ellos deben también vender los productos del resto de la red”

Se diferencian de las grandes cadenas de supermercados en tres aspectos claves: en primer lugar, los productos son de calidad superior, con pocos conservantes químicos, elaborados artesanalmente y de origen local. Además, deciden el precio de venta teniendo en cuenta el valor que pide el productor, la logística para traerlo y el valor del trabajo en los almacenes” no hay especulación con los precios. En tercer lugar, el resultado del trabajo de la red es el desarrollo local: “cada peso que una persona invierte comprando un alimento con nosotros vuelve para el bienestar de nuestras provincias, se convierte en una mejora en una hacienda o en un nuevo puesto de trabajo”. Es decir, el dinero del consumidor no se escapa hacia otros países como sucede con las cadenas de supermercados.

En la conversación quisimos insistir sobre el precio, lo que se le paga al productor y lo que debe pagar el consumidor,  Ya que son los eslabones de la cadena más perjudicados con los grandes supermercados; este aspecto es uno en los que se requiere construir alternativas. “La red no discute con el productor el precio que pide por sus productos”, al establecer los precios la meta que se han propuesto es el precio justo y nos aclara que no siempre es el más barato. Los supermercados suelen realizar rebajas de precios insuperables, pero siempre las hacen perjudicando al productor.

 

 

Una cosa saltó a nuestra vista cuando observamos el tipo de productos que venden en los almacenes de la red: los empaques son atractivos, tienen diseños llamativos y los almacenes están decorados con atención a los detalles. No  resistimos la tentación de preguntarle cuál era la intención detrás de esta estética: “nosotros acompañamos el proceso de empaque con diseñadores o con personas con experiencia; también le pensamos mucho  a la decoración de nuestros almacenes. Insistimos en que nuestros productos tienen que ser lindos. Tienen que ser más lindos que aquellos de los supermercados. Lo popular no tiene que ser marginal”.

La red de alimentos cooperativos nos muestra que sí es posible encontrar alternativas a las multinacionales de supermercados que se apoderaron del comercio de alimentos en todo el mundo, en perjuicio de los comercios locales y de la calidad de vida de los pequeños productores sin que eso signifique necesariamente un beneficio para el consumidor. Hay que recuperar los recursos que hoy expropian, porque se requieren para el desarrollo local.

 


Por Stella Álvarez

La conversación tuvo de fondo, los árboles de pera y melocotones movidos por el viento del invierno que ya está entrando en la comunidad de la Selva a la que Gloria y Eusebia pertenecen. Sus palabras se mecieron todo el tiempo con la cadencia que les da el pijcheo, la costumbre de masticar las hojas de la mata sagrada de la coca. Así, poco a poco fuimos conociendo a Yanapasiñani una experiencia en que se desataron las fuerzas de cambio empujadas de un lado por una asociación de mujeres indígenas productoras de frutas y de otro lado, por la voluntad de un gobierno nacional y de gobiernos municipales comprometidos con la agricultura campesina, para crear un proyecto que da la sensación de ser imparable.

Comenzaron contándonos el significado del nombre de su organización y ahí empezamos a comprender la fuerza de su proyecto: Yanapasiñani es una palabra Aymará que significa “nos ayudaremos” como un compromiso sin excusas. Nacieron en el 2006 y el nombre de la organización fue escogido entre todas. Inicialmente tuvieron como objetivo formar lideresas y con orgullo, cuentan que actualmente algunas de las 200 mujeres que la integran son autoridades en la alcaldía municipal. Su transformación personal las llena de orgullo: “la organización me ha enseñado a trasmitir mis pensamientos y decir lo que yo pienso” dice Gloria. Pero ahora persiguen otros objetivos igualmente ambiciosos: “buscamos la autonomía económica de las mujeres para luchar de alguna manera contra la violencia”.

 

 

Esa autonomía económica no podía venir de otra cosa que de la actividad que han realizado por años y es la siembra, recolección y venta de manzanas, melocotones, (ellas lo llaman damascos), duraznos y peras. En esta historia todo huele a fruta, a dulce. Su comunidad está localizada en el municipio de Sapahaqui en la provincia de Loayza a tres horas de La Paz, que es la capital de Bolivia. Es un valle interandino rodeado por el rio Sapahaqui y tienen tres pisos térmicos, lo que les permite tener el suelo, los vientos y las temperaturas ideales para sus frutas.  Su día inicia a las 4 de la mañana recogiendo las frutas; en la tarde y noche organizan los canastos en que la transportan para venderlas al día siguiente desde muy temprano, en los tambos que es como se llaman los puestos de venta de los mercados de El Alto y la Paz.

En los últimos años decidieron pasar a combinar la venta de la fruta en forma natural con el proceso de deshidratación además de elaboración de mermeladas y otros productos transformados, que les permite mayores beneficios económicos, la industrialización de sus productos y llegar a más hogares del país, inclusive se han proyectado como exportadoras. Esta nueva etapa las puso en un nuevo lugar, retador, pero en el que se les nota toa la ilusión y la confianza que han ganado en su proceso de construcción personal y social. Lo dicen sin miedo: “Queremos ser empresarias”.

¿Y para qué les sirvió el estado?

Cada vez que Gloria y Eusebia cuentan cómo han avanzado en su camino personal y colectivo, se deja traslucir lo tejido por el aporte de las políticas gubernamentales. Para iniciar, les apoyaron para que cada familia cuente con títulos de propiedad de sus tierras; su comunidad La Selva está conformada por 40 familias propietarias. Sus casas fueron construidas en un proyecto del gobierno nacional de mejora de vivienda rurales cuya contraprestación fue que las familias contribuyeran con algunos materiales de construcción. El Ministerio de tierras les aporta insumos para la producción como semillas y abonos, maquinaria y mejoras de la calidad de la tierra.

Todo este apoyo a la producción campesina e indígena se complementa con estrategias para la comercialización. El programa EBA del gobierno nacional va a sus comunidades y les compra las frutas y algunas verduras que cultivan, ahorrándoles la logística y los costos necesarios para el transporte y la venta. Quien no quiera venderle a EBA puede hacerlo en el mercado de La Paz que es un programa de apoyo a la economía familiar del municipio. Por otra parte, los funcionarios públicos reciben parte de su salario en una Billetera virtual, una aplicación para comprar alimentos a la agricultura indígena y campesina.

Su paso hacia la producción tecnificada ha sido apoyado por el gobierno municipal una ONG que les dio las máquinas  y la Universidad de San Andres que las capacitó. No hay duda que estas mujeres son imparables, empoderadas como se perciben ellas mismas. Sus logros son todo suyos. Pero tampoco hay duda lo que logra un estado realmente comprometido. Que le apueste a la calidad de vida de su pueblo, a la producción nacional y a decidir de manera soberana qué comer y cómo producir su comida.

 


SALIDA #3



Por Stella Álvarez

Cuando comemos una fruta o una ensalada de productos naturales, con frecuencia pensamos en la maravillosa fecundidad de la tierra y nos sentimos conectados con ella. De manera indirecta, aunque no lo percibamos también nos conectamos con personas que no conocemos, pero con quienes estamos vinculados: los pequeños agricultores productores de alimentos. Carlos Lazo, no es un agricultor directamente, pero si un sembrador de sueños que con esfuerzo cosecha sus frutos. Es el gerente de la Agroferia Campesina del Magdalena, un distrito de Lima. Se trata de una experiencia desarrollada por pequeños agricultores que decidieron ser autónomos en la venta directa de alimentos para construir comercio justo.

Nacieron hace nueve años, por iniciativa de la asociación de gastronomía peruana que realizaba el festival “Mixtura” con el lema “no hay gastronomía sin pequeña agricultura”. El festival se terminó y la financiación cesó, pero los agricultores decidieron asociarse sin la tutela ni de la administración municipal ni de las entidades de cooperación ni del sector privado. Carlos dice “no inventamos la pólvora, ferias de  productores hay muchas, pero con una propuesta asistencialista. Les ayudan un tiempo, les dan el dinero para transporte y hospedaje y luego acaba el financiamiento y los productores quedamos en el aire. Nosotros quisimos ser autosostenibles desde el primer momento”.

 

 

La Agroferia campesina del Magdalena inició instalando los puestos de venta un día a la semana en una avenida, pero ahora ocupa un sitio fijo prestado por la administración municipal y funciona de viernes a domingo. Reúne a 73 pequeños productores o procesadores de alimentos que vienen de 22 provincias del país, venden más de mil alimentos  naturales o procesados artesanalmente incluyendo hortalizas, frutas nativas, queso, carne de ganado de libre pastura, huevos, yogur, harinas, mermeladas, panela y tienen una sección de gastronomía para consumo de comida preparada.

Los 73 productores son personas asociadas individualmente o son asociaciones campesinas; una de ellas es una cooperativa que reúne a más de 500 agricultores. Como en casi toda América Latina tienen en promedio una o dos hectáreas, no tienen acceso al mercado y su producción queda en manos de los intermediarios y los grandes supermercados.  “El pequeño agricultor no sale de su parcela, muchas veces pierde por producir, la agricultura familiar en el Perú está muy explotada y el agricultor no está en toda la cadena; la propuesta nuestra es que el agricultor que siembre sea el mismo que viaje y venda”

Los compradores de la feria son llamados “caseros”, un nombre que denota confianza; se trata de un público variado: “tenemos personas mayores, personas que se quieren cuidar, quieren ser más saludables, o tienen alguna enfermedad. También amas de casa que les gusta la frescura de nuestros alimentos, niños y jóvenes que vienen a tomar fotos de los alimentos. Vienen personas con bajo nivel adquisitivo y otros que si tienen dinero”.

 

 

Pero la feria no es sólo una compra y venta de alimentos. También es un proyecto cultural. Cuando le preguntamos qué es la agroferia campesina respondió “somos un gran encuentro de diferentes regiones para celebrar los alimentos de nuestra biodiversidad. Un pequeño espacio en el que habitantes de la ciudad, emigrantes de las provincias, se encuentran con sus alimentos originarios y con sus paisanos”. La presencia durante los tres días, ha llevado a que se involucren los hijos de los productores que han emigrado a la ciudad, entonces también es un encuentro generacional. “Es un lugar que huele a un plato de comida servida en la casa, suena al campo, a sonrisas, a conversaciones sobre culinaria, a veces dichas en Quechua y sus colores son “chichas”, bastante alegres, bastante llamativos” .

La feria promueve un precio justo y se basa en la economía solidaria, que en materia de alimentos naturales es un balance difícil de lograr y un reto diario. Se trata de establecer un precio alcanzable para los compradores, pero que también retribuya el esfuerzo de los productores. Eso significa que no es igual al del gran mayorista que usualmente sobreexplota al productor, pero está en una escala intermedia si se compara con los supermercados más exclusivos. “estamos seguros que en precios podemos estar en un punto medio pero en calidad somos los mejores” apunta Carlos con toda confianza y entusiasmo por su proyecto.

Finalizamos la conversación hablando de lo que sueñan para el futuro. Lo resume en una sola frase contundente: “Soñamos con tener una red de supermercados que le pertenezcan al pequeño productor, e instalar más agroferias. Las agroferias, deberían ser como ese premio Oscar para todo productor”

Si se pretende construir comercio justo para productores y consumidores, el abastecimiento o la distribución de alimentos especialmente en las zonas urbanas es un eslabón de la cadena que requiere de profundas transformaciones. La economía solidaria y cooperativa, las formas asociativas en el comercio y la venta, son las únicas que pueden aportar alternativas a la explotación de los pequeños agricultores y al hambre de los consumidores pobres.


SALIDA #2



Por Bernardo Galindo Cardona

Llevados de la mano por la inteligencia y sensibilidad de Eduardo Pablo Spiaggi y Mauro González nos asomamos a conocer una experiencia que nos habla de la producción y distribución de harina integral de trigo agroecológico, que han venido desarrollando desde finales de 2019 pequeños productores de trigo en varias provincias de Argentina.

Eduardo, un experimentado investigador, profesor de Biología y Ecología de la Universidad Nacional de Rosario, representante del Proyecto Agroecológico Casilda (PACa) y Mauro, un representante de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), organización que defiende los intereses de 22.000 familias pequeño productoras campesinas e indígenas, que viven en 19 provincias de Argentina,  junto, con el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), pusieron en marcha las acciones necesarias para resolver problemas críticos que enfrentaban los productores de harina integral de trigo agroecológico de Entrerios, Santa Fe, y la provincia de Buenos Aires.

En el centro de la vida nos ponen Eduardo y Mauro, porque el asunto del que hablamos es la comida de cada día. Ellos nos recuerdan que el 70% de los alimentos que se consumen en las grandes ciudades lo producen los pequeños campesinos. En Argentina el 85% de ellos trabajan la tierra todavía con el método de agricultura convencional.

Los campesinos de Entrerios, Santa Fe y Buenos Aires que producen con método agroecológico se dieron cuenta de que moler el cereal les representa un valor económico agregado de 15% a 20% debido a la demanda que la harina integral de trigo tiene en la comunidad; pero no todos ellos accedían a la posibilidad de tener un molino y tampoco tenían una adecuada red de comercialización de la harina.

Entonces la UTT puso en marcha la cadena de trigo agroecológico empezando por el impulso a la comercialización, aprovechando la estructura con que cuentan: lugares de expendio en la capital, centros  mayoristas, almacenes propios y otros de particulares  que se han unido para vender productos agroecológicos.  La carencia de molinos, por ahora, se ha resuelto mediante redes de apoyo entre los mismos productores.

“Hace falta más apoyo de las políticas públicas tanto de la Secretaría de Agricultura Familiar como de la Dirección Nacional de Agroecología  para resolver la carencia de molinos  entre los productores  de  la agricultura familiar”, asegura Eduardo Spiaggi, que desde PACa -en asociación con un molino de Casilda- pudo avanzar en un producto que para muchos pequeños productores aún no es posible: la producción de harina blanca.

Los resultados: superación del uso de agroquímicos y de semillas transgénicas, producción de alimentos orgánicos y agroecológicos, mayores volúmenes de cosecha, venta al mercado de toda su producción, creación de mercados de cercanías y organización de  redes de comercio justo, valor agregado en sus producciones que les deja más ganancia económica, mayor arraigo a la tierra  de los campesinos que salen de la agricultura convencional y, garantías para la salud humana y la salud de la tierra.

El trigo es un cereal fundamental en la dieta de la población Argentina y del mundo. Por lo mismo la cadena de producción está tomada por poderosas empresas multinacionales productoras de alimentos, por el sistema bancario y los especuladores financieros.

Superar paradigmas siempre es difícil, más cuando estos están soportados por la fuerza de poderosos intereses. Oponer a la contundencia de la irracional agricultura industrial, la alternativa de una lógica productora de alimentos practicando la agroecología y, ver que poco a poco esta va conquistando espacio en diferentes lugares del mundo, nos anima y nos siembra una esperanza que habrá de germinar en millones de panes que no sean caros, que no sean duros.


SALIDA #1



Por Stella Álvarez

Ella llegó a nuestra reunión, moviéndose con gracia y agilidad subiendo y bajando las escalas que se nota que conoce muy bien, en el sector altos de la torre en Medellín. Se trata de Fanny David una de las jóvenes mujeres líderes del restaurante comunitario Comedor Escuelita de la Paz que le da almuerzo calientico a 140 niños del sector.

Fuimos caminando hacia el restaurante y mientras hacíamos la entrevista todo el tiempo escuchamos la olla a presión cocinando los frijoles para el almuerzo del día y se escuchaban también los golpes secos de las verduras siendo cortadas por las manos de cinco mujeres del grupo de 15, madres de familia habitantes del sector que trabajan como voluntarias dos veces por semana en el restaurante, preparando la comida para los niños que terminan la jornada escolar o los que están a punto de empezarla.

El restaurante fue iniciativa de un grupo católico pero el día a día se mantiene gracias al fogón encendido por el compromiso de las voluntarias y la solidaridad de los que Fanny llama “pequeños benefactores”, personas que hacen aportes modestos pues no son empresarios ni acaudalados con grandes fortunas sino empleados, propietarios de pequeños comercios, jubilados, que han hecho posible cumplirle a los niños la promesa hecha hace cinco años: un almuerzo calientico durante todo el año.

Los niños que comen en el restaurante tienen entre cinco a trece años. Algunos vienen de las cuadras vecinas pero otros de más lejos, caminan hasta media hora para alcanzar a llegar en el horario establecido por el restaurante que es entre 11 y 30 de la mañana a 1 pm, así cubren las dos jornadas de estudio la de la mañana y la de la tarde. Son niños de familias pobres que cuando no están en la escuela, con frecuencia están solos en la casa o en la calle y cuya situación económica familiar empeoró como en muchos hogares colombianos, durante la pandemia “antes de la Pandemia atendíamos si mucho 90 niños, ahora vienen 140”.

No se les exige ningún aporte económico a cambio de lo que reciben, pero ellos no sólo reciben. También dan y mucho si se compara con los recursos con que cuentan “a veces que estamos apretados muy de vez en cuando les hacemos la invitación a donar algo que tengan en la casa uno se da cuenta que a ellos les gusta compartir”

Las coordinadoras del restaurante han visto que las necesidades no sólo afectan a los niños. En nuestros barrios hay familias que quienes por coyunturas económicas especiales o por sufrir una pobreza permanente no tienen comida. También es palpable la presencia de cada vez más personas adultas mayores o con alguna discapacidad que no pueden procurarse la alimentación de manera autónoma. “Si una de esas personas necesita de nosotros, algún familiar se puede acercar y nosotros les mandamos la comidita”.

¿La solidaridad será una posible salida a la crisis?

Con los tiempos difíciles que estamos viviendo y los más difíciles aún que se avecinan estamos convencidos que la solidaridad comunitaria será un factor clave para enfrentar la crisis y salir de ella convertidos en mejores seres humanos. No se trata de suplantar al estado sino de comprender que no es posible construir un estado responsable si la base de la sociedad son ciudadanos embebidos únicamente en sus proyectos individuales y que el afecto, el cariño y la solidaridad no son mandatos exigibles al estado; son necesidades que se intercambian entre los seres humanos y se satisfacen colectivamente.