¿Y cuáles son las trampas?


Por Stella Álvarez

Esta semana conversamos con el científico brasilero Everlon Rigobelo profesor de la Universidad estadual Paulista (Unesp), agrónomo y experto en microbiología, quien tiene una propuesta para salvar nuestros suelos de la degradación: usar las bacterias como fertilizante. La iniciativa del profesor Everlon llamó nuestra atención cuando la conocimos en una revista científica y nos pareció curiosa, pero hablando con él, comprendimos que su idea consiste en revivir los pasos que dio la naturaleza para afianzar la vida en la tierra.

Conversar con el profesor Everlon permite maravillarse con la ciencia y con la belleza de la naturaleza al mismo tiempo. Él lo dice con contundencia: “Los microorganismos, como por ejemplo las bacterias, están aquí hace aproximadamente 4 mil millones de años. Las plantas surgieron hace 700 millones de años, entonces, cuando las plantas surgieron en el mundo, los microorganismos ya estaban adaptados, totalmente adaptados para vivir en las condiciones de ese entonces”.

Pero no sólo fue que los microorganismos estuvieron primero que las plantas, científicos como el profesor Everlon piensan que es a ellos a quienes debemos el éxito de las plantas en su empeño por habitar el planeta y por lo tanto, el éxito también de la especie humana para subsistir. El proceso se puede resumir así:

“Como en todas las especies, aquellos microorganismos que no se adaptaron fueron eliminados y sobrevivieron los que funcionaron para vivir en aquella tierra primitiva donde no había la disponibilidad de nutrientes que existe hoy; no había material orgánico, la temperatura era muy alta, había los ciclos de lluvia, era una condición muy adversa y sin embargo los microorganismos vivieron así. Entonces, cuando las plantas surgieron, ellas tenían un gran riesgo de fracasar en su intento de colonizar la tierra.  ¿Y ahí qué pasó? Hubo la interacción microorganismos – plantas. Nosotros creemos que esa interacción que conocemos hoy, que es muy fuerte, esa interacción planta-microorganismo, surgió desde el mismo comienzo de las plantas; y los microorganismos son los grandes responsables del éxito que tuvieron las plantas en colonizar todos los ambientes terrestres”.

La propuesta del profesor Everlon es a la vez simple y compleja: cada planta interactúa con una cantidad enorme de microorganismos pero de unas cuantas variedades. Ella los escoge porque le ayudan a potenciar su crecimiento. Son muchos en número, pero el 95% son de la misma especie, ya que de alguna manera, es la interacción la que le conviene a ambos al microorganismo y a la planta. Cada planta tiene un mundo de interacción en la zona llamada rizosfera que se encuentra cerca a sus raíces. Así que: “No estamos inventando nada; estamos proponiendo favorecer con bacterias el crecimiento de las plantas que usamos para la alimentación de los seres humanos. Nutriendo los suelos con microorganismos, porque el suelo es un organismo vivo que es a la vez químico, físico y biológico. Hasta ahora se ha privilegiado el uso de químicos para su fertilización, creemos que es necesario retomar sus interacciones biológicas naturales para proteger el suelo de la degradación y a la vez para favorecer el crecimiento de las plantas que nos sirven de alimento”.

El grupo de investigación de la Universidad Estadual Paulista (Unesp) a la que el profesor Everlon pertenece, en concreto estudia el uso de 23 especies de microorganismos que han demostrado tener un efecto potenciador del crecimiento de varios tipos de plantas que son estratégicas para alimentar a los seres humanos.

El uso de seres biológicos como las bacterias, que de manera natural ya se encuentren en el suelo, puede ser una solución a su degradación ocasionada por el uso intensivo de grandes extensiones de tierra en monocultivos y por la fertilización con sustancias químicas, además de la fumigación con productos de alta toxicidad como los que se emplean desde hace varias décadas en la agricultura.
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Por Stella Álvarez

Esta semana estuvimos conversando con Kourtnii Brown, una de las fundadoras y directivas de la Alianza de California para el Compostaje comunitario. Hablamos sobre una ley aprobada en el Estado de California en Estados Unidos, que nos invita a hacer del planeta un mejor lugar, y sobre todo a hacerlo, desde nuestra casa. Esta Ley busca que el 75% de los residuos orgánicos producidos en las casas y locales de ciudades como Los Ángeles, San Francisco o San Diego, se conviertan en el compostaje que usarán los agricultores del estado de California para la producción de alimentos. Algunos han llamado a este nuevo producto, es decir al compostaje casero y comercial, el “Oro café”.

El compostaje se produce con los residuos orgánicos de los hogares y los locales comerciales como por ejemplo cáscaras y semillas de frutas, verduras, plátanos, residuos de comida, hojas caídas de los árboles o césped podado en los jardines; Kourtnii nos dice con total convicción: “hablando de residuos orgánicos, si estuvo vivo alguna vez, volverá a estarlo”. Estos productos orgánicos se separan del resto de la basura, se depositan en recipientes especiales y se conservan bajo ciertas temperaturas y condiciones, para que no produzcan malos olores o mosquitos y para que el resultado sea un compostaje útil en el cultivo de alimentos.

Esta Ley entró en vigencia este 2022 y es revolucionaria en todo el sentido de la palabra. En primer lugar y salta a la vista, tiene la ventaja de cambiar el uso de productos sintéticos químicos por productos orgánicos para alimentar los suelos destinados a la producción de alimentos. Los residuos orgánicos aportan nutrientes naturales y contienen los microbios necesarios para la fertilización y regeneración de los suelos. Además, como se sabe, los residuos orgánicos de los hogares y de locales comerciales son responsables por el 50% del gas metano de la atmósfera, que es un gas de efecto invernadero. Darles un tratamiento sostenible alivia la salud del medio ambiente.

Pero la novedad de la Ley también está en sus aspectos sociales. Su espíritu comunitario la hace diferente. Se propusieron que la salida al problema de los residuos y del agotamiento de los suelos no fuera de naturaleza industrial, como ha sucedido en muchos países, en donde una gran empresa dispone, aprovecha y comercializa los residuos orgánicos. Kourtnii nos dice: “Con las estrategias industriales, muchas veces los residuos se colocan cerca de comunidades de bajos recursos y la congestión de camiones puede empeorar los problemas ambientales como la calidad del aire. También puede empeorar los problemas de justicia social. Por ejemplo, cuando exportan sus “desechos” a otra comunidad en vez de usarlos para algún beneficio de la propio”. Con la Ley de California el propósito es que sean las organizaciones comunitarias locales las que administren y dirijan los lugares necesarios para la logística del programa y se beneficien de los recursos económicos obtenidos. Las comunidades representadas por sus organizaciones como por ejemplo la Alianza de la que Kourtnii participa, son las que deciden cómo se recoge el compostaje, se almacena y se transporta. Ellas además realizan un intenso trabajo educativo virtual y presencial para que personas en sus hogares, instituciones, o en los locales comerciales puedan aportar al éxito de la iniciativa.

La ley es ambiciosa en sus metas: esperan que en el año 2025 de los 26 millones de libras de desperdicio orgánicos que  anualmente son producidas por los hogares y establecimientos comerciales del estado de California, el 75% (20 millones) sean compostadas. A pesar de sus exigentes metas, compostar no es obligatorio para las personas en sus hogares ni para propietarios de locales comerciales. La ley invita, persuade. Para quienes sí es mandatoria, es para los gobiernos de las grandes ciudades y de los pequeños municipios. Ellos deben garantizar que existen los mecanismos necesarios, para la logística y demostrar el cumplimiento del porcentaje de compostaje respectivo.

La ley de compostaje comunitario de California es un esfuerzo colectivo en donde cada eslabón: los hogares, las organizaciones sociales, las administraciones locales, tiene un compromiso. Sin la participación de cada uno la iniciativa puede fracasar. Pero los beneficios también son colectivos, son muestra de una nueva economía social y ambientalmente sostenibles.

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Por Stella Álvarez

Arash Derambarsh es un abogado francés que inició, tal vez sin planearlo, lo que sin duda ha sido una revolución en el campo alimentario. En el año 2014 siendo concejal de Courbevoie, un municipio del noroeste de París, repartió durante más de un mes los alimentos en buen estado que botaba un supermercado de la región. Su acción no pretendía quedarse ahí. Buscaba llamar la atención sobre el hambre que sufren muchas personas en su municipio, además de confrontar ese sufrimiento con el descomunal desperdicio de alimentos que producen los supermercados, restaurantes y granjas procesadoras de frutas y verduras.

Después de esta primera acción Arash emprendió una campaña por medios digitales y redes sociales con los mismos objetivos. Todo su trabajo ayudó  a impulsar la aprobación, por parte del parlamento francés de una ley que tiene un objetivo revolucionario: declarar ilegal el desperdicio de alimentos y transformar radicalmente la manera como se concibe el manejo de la comida al interior de las instituciones. A partir de esa ley se ha sensibilizado a la comunidad sobre un problema que enfrentan la mayoría de países del mundo y es la enorme cantidad de alimentos que se tiran a la basura porque no se venden en los supermercados y que constituyen un doble problema: son una de las principales fuentes de contaminación del planeta y cuestionan la ética de una sociedad opulenta que por un lado produce más alimentos de los que requiere y por otro, condena al hambre a quienes no pueden pagar por ellos.

La ley francesa en concreto obliga a los supermercados que tengan un área igual o mayor a 400 m2  a desarrollar convenios con organizaciones no gubernamentales y con bancos de alimentos para donarles los productos que están próximos a vencerse y no se vendieron. Quienes incurran en violar esta determinación son multados por una cifra que arranca en los 10 mil euros. La ley también prohíbe a los supermercados deteriorar intencionalmente los alimentos que están próximos a vencerse, que es una práctica muy difundida en estos negocios. Esta ley tuvo un efecto dominó y otros países europeos aprobaron leyes con contenidos similares, cada vez con propuestas más audaces que incorporan nuevas herramientas sociales y tecnológicas. Es el caso de Alemania, Inglaterra, Italia y Dinamarca. Una de las propuestas más novedosas es la de España, donde se aprobó una ley que tiene un componente adicional: obliga a los restaurantes a entregar a cada cliente una “bolsa de los perros” para depositar en ella lo que no consumieron para que alimenten sus animales domésticos.

Las leyes europeas están siendo un ejemplo a nivel mundial y cada vez hacen parte de paquetes de iniciativas que traspasan el ámbito alimentario para integrarse al proceso de lucha contra el cambio climático y apoyo a la transición energética.

Estas iniciativas legislativas tienen un contenido profundo: sus efectos sociales y ambientales son evidentes, además rompen con la inercia de pensar que después de pagar por ellos, los alimentos son propiedad individual con la que cada uno de nosotros está en libertad de proceder según su propio criterio. Es un llamado a la solidaridad, a la racionalidad para no comprar más de lo que necesitamos y a amar al planeta que nos proporciona esos alimentos.


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Por Stella Álvarez

Jairo Restrepo es toda una institución en el campo de la agroecología mundial; su nombre y el de su proyecto, que bautizó “La mierda de vaca” se confunden y dan la sensación de ser lo mismo. Nació en Colombia pero su trayectoria de vida está vinculada a otros países y muy particularmente a Brasil, desde donde hace 40 años empezó a irrigar al mundo entero una propuesta que es a la vez filosofía de vida, proyecto social y práctica cotidiana: La agricultura orgánica más conocida como agroecología.

Su trabajo inició en 1980 cuando un compañero en Brasil encontró que la mierda de vaca se podía fermentar y convertirse en un fertilizante natural, al alcance de la mano para muchos agricultores. Empezaron a divulgar este saber en todo el país y desde ahí a Sur y Centro América, después a África, Europa y al resto de continentes. Se dio cuenta de que no se trataba de una simple técnica sino de un saber liberador para los campesinos y para la misma tierra: “Lo nuestro realmente ha sido una bio-revolución en manos de campesinos y campesinas. La mierda de vaca es una herramienta liberadora que se antepone al mercado global de la fertilización”.

Desde entonces su trabajo consiste en difundir la necesidad de una agricultura liberada de los productos hechos a base de petróleo como la que hoy domina el mundo y libre también de los monopolios de las empresas multinacionales que controlan los insumos, las semillas y la tecnología. Jairo tiene claro que su propuesta es una agricultura para la vida, que no considera alternativa porque “no tenemos otra opción, estamos frente a la vida o la muerte”. Pero contrario a la primera impresión que puede causar, su proyecto no consiste principalmente en reflexionar sobre los problemas y proponer nuevas teorías. Él inventa, crea y recrea, recupera fórmulas, caldos nutritivos y herramientas concretas para el avance de la agricultura orgánica. Ese conocimiento lo lleva a cada rincón del planeta ya sea a través de cursos presenciales o virtuales multitudinarios. Miles de personas, si, aunque cueste creerlo varios miles de personas ven sus videos donde enseña las técnicas agroecológicas, hacen preguntas, siguen sus indicaciones y así han construido una comunidad universal.

Este proceso de creación y recuperación de técnicas de la agricultura para la vida, es también un proyecto pedagógico de transformación social. La producción de conocimiento es el resultado del trabajo de toda la comunidad que integra al proyecto La mierda de vaca, es decir, miles de personas alrededor del mundo. Hace parte de la dinámica de interacción de los procesos de capacitación virtuales y presenciales. “Nosotros construimos propuestas tecnológicas trabajando con los campesinos alrededor del mundo, recuperando con ellos técnicas que han sido desplazadas, valorando los conocimientos de todos y convirtiéndolos en saberes prácticos que puedan ser implementados en el día a día”. Es una combinación de un saber ancestral con una capacidad técnica y operativa porque reconocen la necesidad de la tecnología, de una tecnología para la vida.

Su propuesta rebelde, como él la califica, cuestiona seriamente el papel que actualmente juegan las universidades. Cree más en el saber que se construye por fuera de ellas: “No solamente porque imparten conocimientos vetustos y anquilosados, sino porque están hechas para obedecer, no para cuestionar. Los sistemas de investigación de las universidades en casi todo el mundo están dirigidos por las industrias y financiados por las multinacionales, así que no es un saber confiable que pueda resolver los problemas urgentes que enfrentamos”. Por todo eso nos deja claro que la agricultura ecológica no es solo una técnica, tampoco es el reemplazo de insumos ni de fertilizantes. Es una propuesta educativa, de investigación y de comunicación entre iguales: “Se trabaja con la comunicación donde ambos sabemos, ambos ignoramos y en esas dificultades nos reconocemos mutuamente”.

La propuesta de agricultura orgánica es sin duda, tal como lo demuestra Jairo Restrepo, una filosofía de vida, una practica social y política, una forma radicalmente diferente de vivir, de relacionarnos entre nosotros, de producir conocimiento y de alimentarnos. Ojalá comprendamos pronto que el cambio no da espera.

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Por Stella Álvarez

Bruno Vasquetto y su familia tienen una finca en Córdoba, Argentina, donde practican desde hace varios años una manera alternativa de criar vacas para el consumo de su carne. Algunos llaman a este conjunto de nuevas prácticas “carne agroecológica” pero él prefiere llamarlo ganadería regenerativa. Conversar con Bruno es recibir toda una clase sobre los problemas derivados de la cría convencional de ganado vacuno, los herbívoros, su importancia en los ecosistemas, en la salud del planeta y de los seres humanos y, como trasfondo, los retos que enfrentan los medianos y pequeños productores de alimentos en el campo.

Para comenzar la conversación le pedí que nos explicara cuál es el fundamento de la ganadería regenerativa. Nos dice que primero hay que entender que la producción de carne hoy enfrenta múltiples cuestionamientos por parte de la sociedad. Pero tal vez se comete un error al tratar de meter todos los problemas en una misma bolsa. Nos cuenta que, como su nombre lo indica, se parte de reconocer que se requiere una regeneración de la naturaleza porque ya se le hizo un daño considerable. “La ganadería regenerativa es una imitación de cómo se comportan los herbívoros en la naturaleza como las vacas y las ovejas. Lo que proponemos es imitar ese sistema, pero hacerlo en condiciones contemporáneas. Los rumiantes pueden ser una gran herramienta para gestionar los ecosistemas si se crían en las condiciones adecuadas”.

Y es que la familia de Bruno llegó a esta decisión porque enfrentaron una realidad cruel: cultivaban soya de manera convencional, tuvieron una crisis económica, pero también evidenciaron el deterioro y la degradación de su finca: llovía y el agua escurría, se morían los árboles, había baja infiltración de agua en el suelo. “Esa alarma financiera y ambiental nos hizo replantear lo que estábamos haciendo. Ya no basta con conservar, hay que regenerar, y en la medida en que se regenera el campo, se regeneran las personas”.

Las condiciones que por miles de años tuvieron los herbívoros, Bruno las resume así: “ellos estaban siempre en grandes grupos compactos, iban pastoreando en manada, por periodos cortos. Se iban moviendo permanentemente hacia un lugar nuevo debido a la presencia de depredadores. Hoy, podemos imitar ese comportamiento y mejorar la captación de CO2 y regenerar el suelo y el ecosistema”. Nosotros en el Mate tenemos dos criterios básicos: primero el bienestar animal respetando el comportamiento y la naturaleza de cada especie —él, de manera jocosa, nos dice: “hay que respetar la gallinez de la gallina”—, y en segundo lugar pensar de manera holística en tres componentes: el suelo, el pasto y el animal. Si hay suelo sano, hay pasto sano y animales sanos y como resultado, una mejor salud para los seres humanos.

Aplicando estos principios, en concreto, en el Mate los animales comen solamente pasto, se mueven en manada y todos los días se les dan porciones de pasto fresco. Así, los pastos pueden descansar por periodos. Ellos no alimentan a los animales con cereales como en la ganadería convencional industrializada, ni cuidan los suelos con productos químicos como también se hace hoy en la producción en masa. “Hace 10 años que no usamos productos químicos y nuestros resultados han sido muy satisfactorios”.

Cuando iniciaron estos cambios, El Mate era uno de los escasos proyectos con esta nueva forma de crianza de animales. Hoy ya son muchos criadores que han emprendido la trasformación. Y es que los problemas actuales como, por ejemplo, la pandemia por un virus que se originó en animales, los costos de los cereales por la guerra en Europa, los precios de los insumos para nutrir el suelo, entre otros, ha hecho que muchos se sumen. Y es que Bruno no tiene dudas en creer que la ganadería regenerativa es la alternativa para la subsistencia del pequeño y mediano productor.

Una cría alternativa de animales para el consumo humano es urgente. El deterioro medio ambiental derivado de la crianza industrializada y las consecuencias para la salud del medio ambiente y de las personas reclaman cambios impostergables.

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Por Stella Álvarez

Esta semana nos reunimos con Antonio Arbeláez, un antiguo habitante de una ciudad colombiana que un día decidió retornar al campo y adoptar una nueva identidad: la de “neocampesino”, es decir, una persona que se dedica al campo y a la agricultura sin que inicialmente ese hubiera sido su oficio o profesión. Empezó practicando la agroecología pero pronto se vio enfrentado a una cruda realidad: “Sin semillas no hay agroecología” y las nuestras están en peligro. Por eso desde hace 10 años, junto a otras 45 personas, integran una red que se dedica al cuidado de la vida, realizando una tarea muy particular: son custodios de semillas nativas y criollas en el departamento del Quindío (Colombia).

La primera inquietud que nos surgió fue ¿En qué consiste su oficio?; ¿Qué es ser un custodio de semillas? Nos explicó que: “Es una persona que identifica una semilla que ya no se usa o que está en peligro de extinción. La cuida, aprende sobre ella, selecciona las mejores, la siembra y luego la comparte, la intercambia o en ocasiones la vende. Cada custodio coge una semilla como si fuera el último encargo que le hicieran los dioses para salvar a la humanidad”. Quien se dedica a esta actividad, hace toda una tarea de rescatar la semilla, pero va más allá. Difunde sus usos, promueve sus preparaciones y trata de devolverle el lugar que ese alimento en algún momento tuvo en nuestra cultura alimentaria.

Y es que, aunque nos cueste creerlo, nuestras semillas necesitan custodios como Antonio y su grupo, porque corren peligro y tienen enemigos muy poderosos. “Para entenderlo, primero hay que saber que una semilla no es una pepa. Es un ser vivo. Es un niño dormido que está esperando que lo lleven a la oscuridad y al agua. Cada una de ellas porta información genética, del medio ambiente y de la cultura”. Ahí radica su fuerza, pero también su fragilidad. Porque resulta que este milagro que reproduce la vida tiene tres enemigos: en primer lugar las multinacionales que han monopolizado las certificaciones y ahora no es posible en casi ningún país, vender alimentos si la semilla no está certificada. Estas empresas para ganar más en su negocio, solo se dedican al comercio de semillas de pocas variedades de unos cuantos alimentos. Por ejemplo, nos dice Antonio, que en el mundo hay más de 37 mil variedades de frijol, pero se comercian sólo unas cuatro. ¿La razón?: necesitan facilitar los empaques, el transporte y el mercadeo y eso se logra solo si se dedican a vender millones de semillas pero de unos pocos tipos.

Los otros enemigos de las semillas son las leyes que actualmente y en casi todos los países, obligan a los agricultores a sembrar únicamente las semillas vendidas por esas multinacionales. Campesinos de todo el mundo son explotados cada vez que siembran los alimentos porque están obligados a comprar las semillas certificadas. Algunos de ellos por su resistencia al monopolio de las multinacionales han ido a parar a la cárcel. El otro enemigo somos nosotros mismos, que sin quererlo, hemos dejado que las compañías decidan qué comemos y cómo lo preparamos.

Para poner un ejemplo de la crisis de nuestras semillas, en Quindío había hace algunos años unas 17 variedades de maíz. Hoy, nos cuenta Antonio, solo se usan dos. Y eso sucede en todos los países con los alimentos tradicionales. Pero las semillas que están en peligro no son sólo las que se usan para producir alimentos. Igual riesgo corren las de algodón con que elaboramos nuestra ropa, las de las plantas medicinales, las semillas de las plantas usadas para producir canastos, empaques, sombreros, sillas etc. Es decir, el riesgo es para toda la reproducción de nuestras culturas.

Los frutos del trabajo de los custodios del Quindío son evidentes: venden sus alimentos en el mercado agroecológico, rescatan formas tradicionales de preparar alimentos y con orgullo Antonio dice, por ejemplo, que en su finca tiene al menos 57 tipos de yuca y que pronto harán un encuentro nacional de custodios de la yuca. Lo hacen porque saben que es necesario preservar esta riqueza, pero además porque comprenden la importancia para nuestra supervivencia, de tener alternativas a los pocos alimentos que hoy consumimos y que están en manos de las multinacionales.

La recuperación de nuestras semillas y de las maneras de preparar los alimentos es, sin duda, el primer paso para nuestra soberanía. No es posible pensar en salidas a la crisis alimentaria si primero no hacemos un ejercicio de liberación de nuestras prácticas y del material cultural y genético que guardan nuestras semillas.

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Por Stella Álvarez

Las ollas comunitarias de Perú son, tal vez, la forma de organización popular para alimentarse solidariamente entre vecinos, más antigua de América Latina. Nacieron desde 1980 pero se reinventan cada vez que una nueva crisis política y económica las golpea con fuerza, como suele suceder en nuestros países. Abilia Ramos lidera una de las ollas comunes de San Juan de Lurigancho en Lima, Perú, que salvó del hambre a los vecinos durante la pandemia, pero que también sacó a flote una fuerza descomunal en estas mujeres que ahora aspiran y exigen una vida mejor.

Las primeras ollas comunitarias del Perú, las de 1980, se convirtieron en comedores comunitarios ­-ese es su “nombre oficial”- y pasaron a ser un programa gubernamental que, según nos cuenta Abilia, cayó preso de todas las artimañas de la corrupción y el clientelismo. Estos comedores también cerraron durante la pandemia. Así, la olla comunitaria que es la forma popular de afrontamiento de la necesidad de alimentarse, recobró vida los primeros días del cierre en marzo de 2022. Abilia y otras mujeres buscaron ollas, sartenes, improvisaron cocinas en diferentes sitios del barrio y emprendieron la tarea de resistir una amenaza tan temible como el virus: el hambre. “No teníamos nada, no teníamos ollas, tampoco con qué revolver esas cantidades de alimentos, teníamos que partir las escobas para cargar las ollas. Así empezamos a cocinar y llegamos a preparar comida hasta para 250 personas”.

Pero sus enemigos estaban por todos lados: no tienen agua en sus casas, deben cocinar con leña, no tenían suficiente comida, el gobierno nacional y los gobiernos municipales sostenían que no era cierto que se hubieran conformado las ollas, ni que estuvieran necesitando alimentos. Tuvieron que ingeniarse un sistema de comunicación para la resistencia y movilizarse de una manera que estas mujeres nunca lo habían hecho, ni siquiera lo hubieran pensado. “Un grupo de organizaciones decidió empezar a visibilizar este trabajo de las ollas comunitarias. No sabíamos qué era Zoom, pero empezamos a participar de las reuniones. Veíamos que nosotras trabajábamos pero el estado estaba invisible. Empezamos a poner banderas blancas para alertar que necesitábamos alimentos, el equipo de comunicaciones hacía los videos para mostrar nuestro trabajo. Hicimos plantones, cacerolazos, marchas, y todos los viernes salían nuestros videos con las ollas comunes”. Así nos hicimos sentir. La gente se dio cuenta que era verdad que estábamos trabajando, que necesitábamos alimentos y logramos algo de presupuesto.

Escuchando la fuerza con la que se expresa Abilia nos va quedando claro que las ollas comunitarias lograron más allá de su cometido de resolver el problema urgente de la alimentación y así salvarse entre todos del hambre. También aprendieron a movilizarse para exigir su derecho a alimentarse, a relacionarse con instituciones públicas y privadas, a protestar, a reclamar su lugar como hacedoras de políticas sociales: “Las señoras nos veíamos ahí en los videos protestando, gritando que la alimentación es un derecho. A partir de ahí nos organizamos, aprendimos a comunicarnos y ahora tenemos un equipo técnico bien preparado que nos ha permitido sentarnos a hablar hasta con el presidente”.

No quieren idealizar lo alcanzado. Tienen claro que ellas no se pueden quedar ahí. Supieron que tienen otras aspiraciones: algunas quieren aprender a leer y a escribir, otras desean ser profesionales, otras convertirse en microempresarias para vender alimentos en su entorno. “No queremos ser toda la vida una olla comunitaria. La olla nos ha servido para conocernos, para organizarnos pero es un trabajo muy duro. Nos toca cargar las cosas, a veces pagarlas de nuestro bolsillo. Nadie quiere quedarse aquí por siempre. Y es que además muchas señoras han empezado a educarse, por eso han surgido emprendimientos como panaderías y otros pequeños negocios. Hay mujeres que saben preparar unos alimentos que ni conocíamos. Eso si es lo que queremos. Empleo, educación, conocimientos en nutrición, oportunidades”.

Las ollas comunes, lo dijo también Abilia, han sido y seguramente serán la forma como nos salvemos juntos en los momentos de crisis. Pero también es importante que la solidaridad no sea la cruz para unos pocos, casi siempre mujeres. Tendremos que aprender de estas formas colectivas pero con dignidad.

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Por Stella Álvarez

Esta semana nuestro encuentro fue con Janna y Bill Beckler, socios desde hace 20 años de Slope Park Food, una de las cooperativas de venta de alimentos más antiguas del mundo ubicada en Brooklyn, Nueva York, que ha inspirado y aún sigue inspirando a gente de varios países para construir un nuevo modelo empresarial para la venta de alimentos y que ha sido llamado “el proyecto social más bonito de Estados Unidos”.

Esta singular iniciativa nació en los años 70 en el corazón de Nueva York. Un grupo de vecinos del sector de Slope Park en Brooklyn iniciaron un “club de compradores” para adquirir los alimentos juntos y ahorrar dinero y tiempo. Esa idea se transformó en una cooperativa que ahora tiene un gran local donde venden alimentos y productos del hogar para sus 20 mil socios que son a su vez los dueños de la empresa y sus empleados.

Solo quienes son socios pueden comprar en la cooperativa. Para poder hacerlo deben trabajar en ella tres horas al mes, realizando las labores de logística y las funciones administrativas que todo distribuidor de alimentos necesita. Este modelo, es el que les permite una disminución de precios de hasta 30% en muchos de los alimentos y productos que venden. Por ejemplo, Bill que en su vida cotidiana es profesional, en la cooperativa tres horas al mes se encarga de partir y empacar los quesos y envasar la canela. Janna, quien también es profesional, ayuda a quien lo necesite a transportar los alimentos comprados hasta el carro o el tren. Ella a veces realiza otras funciones: “Con frecuencia trabajo en la caja registradora. Me encanta estar ahí, porque puedo ver todos los productos y a la vez conversar con la gente”.

El funcionamiento suena fácil pero detrás hay un enorme sentido de pertenencia y una necesidad de lazos comunitarios.  Las metas de la Cooperativa son a la vez personales y colectivas: Nos cuentan que se han propuesto lograr tres cosas: “Primero queremos tener comida de muy buena calidad a buen precio. En segundo lugar, queremos ganar una experiencia comunitaria. Por último, la cooperativa nos da la oportunidad de apoyar un negocio pequeño en vez de a los grandes supermercados”.

El tipo de productos que venden en la Cooperativa también está pensado desde la perspectiva del bien común. Privilegian los productos orgánicos, las compras a pequeños productores y procesadores locales y se han propuesto tener un número limitado de estantes de productos que contienen altos porcentajes de azúcar. Una de sus características es que no tienen departamento de mercadeo ni reciben dinero de los grandes productores para exponer los productos en los lugares más visibles de la tienda.

Cuando les preguntamos qué valoran de pertenecer a la Slope Park Food y cuál es el rol que ella cumple en el vecindario nos dijeron convencidos: “Es su centro de gravedad. Muchos socios decidimos dónde vivir de acuerdo a la ubicación de la cooperativa. Ella aporta muchos valores a nuestras vidas, por ejemplo, en la relación con nuestra comida, nuestra comunidad. Lo más importante es que el tiempo que pasamos en ella es muy agradable. No es trabajo que nos pagan, es trabajo que nos da valor porque estamos produciendo para nuestros vecinos y comunidad”.

Este ingenioso modelo empresarial asociativo y comunitario ha inspirado, especialmente en los últimos años, la creación de formas similares alrededor del mundo. Un artículo publicado en el portal TheNews.Coop el órgano de difusión de las cooperativas en idioma inglés, destaca que al menos 18 nuevos mercados se han abierto en los últimos años en Europa, con un esquema similar y reconoce la influencia de la experiencia de los vecinos de Brooklyn. Tres de estas nuevas organizaciones son la cooperativa La Louve (la Loba) ubicada en el corazón de París, The Bees en Bélgica y Alter Coop en Luxemburgo.

No hay duda que la propiedad colectiva de la distribución de alimentos puede ser una de las salidas más ingeniosas y prometedoras para enfrentar el alza de los precios de los alimentos y para construir el tan anhelado comercio justo para productores y consumidores. También es un camino que nos devuelve la soberanía sobre nuestra comida.

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Mira la entrevista completa en inglés aquí:

Imágenes tomadas de: https://foodcoop.film/es/el-documental/


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Por Stella Álvarez

Esta semana tuvimos la fortuna de hablar con Bárbara Masoner, una de las fundadoras y codirectora del Grow Local Colorado Park ubicado en Denver, el primer y más grande parque comestible de Estados Unidos. No se trata de un solo lugar, sino de un conjunto de parques de la ciudad y de jardines caseros dedicados al cultivo de hortalizas, vegetales y frutas que se entregan a personas necesitadas, que se alimentan en albergues, iglesias, bancos de alimentos y comedores populares.

Nacieron en 2008 como salida a la crisis financiera mundial, que trajo hambre y sufrimiento a miles de hogares de clase media y pobres a lo largo del país. “Un grupo de amigos nos reunimos para pensar qué podíamos hacer, queríamos ayudar a resolver el problema del hambre, pero con una mirada de equidad y sustentabilidad; empezamos con un solo jardín, y todo lo cosechado lo llevamos a un albergue; ahora somos un proyecto con 19 lugares, la mayoría de ellos son parques públicos incluyendo el Civic Center Park de Denver que es el más grande de la ciudad y el Parque que rodea la mansión donde funciona la gobernación del estado de Colorado”. Con el tiempo a la iniciativa de cultivar en los parques de la ciudad, se sumaron personas que empezaron a hacerlo en los patios de sus casas y crearon los jardines comestibles, pero manteniendo el mismo compromiso que es el corazón del proyecto: lo que se recoge, se lleva a los sitios donde se alimentan personas necesitadas.

La vocación por la solidaridad, el cuidado del medio ambiente y el desarrollo local se afirman en cada eslabón del proyecto. Todo el trabajo de cultivo, cuidado, recogida y entrega la hacen voluntarios de todas las edades. “No sembramos una planta sin que esté claro quién la va a recibir. El año pasado tuvimos voluntarios de escuelas primarias que ayudaron a cultivar y a cuidar algunos parques”. El agua necesaria para regar los cultivos la provee la alcaldía local, las semillas son nativas, provienen de donaciones y la producción es orgánica. A causa del clima que varía por las estaciones, inicialmente sólo cultivaban en un periodo de mayo a septiembre que incluye el final de la primavera, el verano y el principio del otoño, en los últimos años la alcaldía municipal les permitió sembrar árboles perennes y gracias a esa decisión hoy cultivan todo el año alimentos variados como: lechuga, tomates, zanahoria, berenjenas, albahaca, manzanas, pepinos y eneldos. El año pasado fue el de mayor producción con una cosecha de 9770 libras de alimentos.

Una de las cosas que más nos llamó la atención fue que Bárbara insistiera en que tienen voluntarios de todas las edades y de diferentes condiciones; además, que no se trata de fomentar la idea de que hay unos que dan y otros que reciben. “Tenemos personas hasta de 80 años, No hay un solo perfil de voluntarios. Lo único que tienen en común es que sienten compasión y que quieren que las cosas cambien y ayudar a cambiarlas”. Nos explicó que los jardines funcionan de manera independiente. Por ejemplo, hay algunos que son cultivados y cuidados por personas en rehabilitación de drogadicción, otros por quienes hacen parte de  iglesias y así, cada jardín comestible, no sólo resuelve las necesidades de alimento sino que también hace parte de los proyectos de vida de sus guardianes.

La vocación comunitaria de este proyecto es contagiosa. Le preguntamos que si, por ejemplo, alguno de nosotros iba caminando por uno de los parques comestibles y se antojaba de una manzana la podía tomar y nos dijo sin dudarlo: “Si, claro, pero nadie lo hace”. No necesitamos más explicación para comprender cómo la comunidad en general ha asumido el sentido que inspira todo el trabajo.

El Grow Local Colorado Park y convertir los parques en comestibles, es una manera de enfrentar colectivamente el desafío de alimentarnos y de garantizar que lo hacemos todos.  Nos trae la certeza que los parques son tan públicos, como pública debería ser la discusión sobre la realidad de que hay personas sin alimentos suficientes o sin alimentos saludables. También nos revela que las salidas solidarias pueden ser tan bellas como el más bello jardín.

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Por Stella Álvarez

Esta semana conversamos con Luis Bracamontes agrónomo y actualmente estudiante de doctorado, gestor junto con otras 30 personas, la mayoría de ellas mujeres, de la Cooperativa “La Imposible” ubicada en la Colonia Obrera de la capital mexicana. Nos sorprendió su juventud y tenacidad para crear y sobre todo para perseverar en un modelo de gestión que como su nombre lo indica, puede parecer irrealizable. Y es que si hay alguna dificultad en este tipo de procesos es construir una alternativa para alcanzar un precio justo.

Nacieron en el 2015 como respuesta colectiva de pequeños productores y transformadores de alimentos que abastecen a mercados de la capital de México. Tenían en común el malestar con las formas de relación dominante generadas por los supermercados, que en la mayoría de los casos resultan nocivas para el productor, el consumidor y el medio ambiente. Así, ese grupo decidió embarcarse en un sueño retador al que llamaron la Imposible porque según afirma “Cuesta trabajo que cada vez más gente se vincule a una forma solidaria”. Pero es que además de las dificultades propias de estos proyectos, aunque aparentemente la cooperativa se parece a otras experiencias de redes alternativas de alimentos, tiene una diferencia sustancial y es lo novedoso de su mecanismo para establecer los precios de los alimentos.


Similar a otros proyectos, La Imposible vende alimentos cultivados o transformados por sus socios que son pequeños productores y procesadores; su oferta incluye entre otros hortalizas, frutas, huevos, pollo, granos, lácteos, chocolate, cerveza y pan artesanal. Cada dos semanas preguntan a los productores, a través de una plataforma electrónica qué productos pueden ofrecer porque algunos de ellos cultivan alimentos de estación o en ocasiones no alcanzan a producir los volúmenes necesarios para garantizar disponibilidad permanente. Con la respuesta recibida conforman una lista que envían a los consumidores, para que hagan sus pedidos, usando también la misma plataforma electrónica. Un pequeño grupo de 15 personas gestiona este proceso, organiza los alimentos en el local, que comparten con otros proyectos comunitarios solidarios y se preparan todos para el día de la entrega que son los sábados cada dos semanas. Ese día los consumidores van y toman su pedido.  Cada proveedor fija el precio de su producto. El consumidor conoce ese valor reconocido al productor, que a la vez es la base de lo que él o casi siempre ella debe pagar y opta libremente por aportar entre un 5 a 20% más, por la gestión administrativa realizada.

El novedoso sistema para la fijación de precios les ha permitido garantizar estabilidad para los consumidores y productores a lo largo de todo el año. Obviamente esa confianza en el criterio y compromiso del consumidor nos llamó la atención. Supimos además que han tenido casos en que las personas justifican que no pueden hacer un aporte a la gestión administrativa y también es válido. Le preguntamos a Luis qué tanto confían en la justicia de las decisiones de los consumidores, y nos dijo con toda claridad: “Cuando una organización promueve en sus prácticas una lógica solidaria, la gente reacciona en la misma forma”.

Nos contó además que dentro de sus actividades también asesoran grupos de todo el país, que por fortuna cada vez son más, dispuestos a cambiar las maneras de producir, intercambiar y comercializar la comida. Por ejemplo, realizarán este 22 de junio el “Cuarto taller de organización de redes alimentarias alternativas”.

La cooperativa La imposible nos demuestra que es necesario acudir a la creatividad para alcanzar el objetivo del precio justo para ambos eslabones de la cadena, que han perdido su conectividad y su soberanía en manos de las decisiones tomadas por las grandes cadenas de supermercados. Un encuentro cara a cara entre quienes nos garantizan la comida y los consumidores puede hacernos emerger el rostro de la solidaridad.

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