Por Stella Álvarez

La conversación tuvo de fondo, los árboles de pera y melocotones movidos por el viento del invierno que ya está entrando en la comunidad de la Selva a la que Gloria y Eusebia pertenecen. Sus palabras se mecieron todo el tiempo con la cadencia que les da el pijcheo, la costumbre de masticar las hojas de la mata sagrada de la coca. Así, poco a poco fuimos conociendo a Yanapasiñani una experiencia en que se desataron las fuerzas de cambio empujadas de un lado por una asociación de mujeres indígenas productoras de frutas y de otro lado, por la voluntad de un gobierno nacional y de gobiernos municipales comprometidos con la agricultura campesina, para crear un proyecto que da la sensación de ser imparable.

Comenzaron contándonos el significado del nombre de su organización y ahí empezamos a comprender la fuerza de su proyecto: Yanapasiñani es una palabra Aymará que significa “nos ayudaremos” como un compromiso sin excusas. Nacieron en el 2006 y el nombre de la organización fue escogido entre todas. Inicialmente tuvieron como objetivo formar lideresas y con orgullo, cuentan que actualmente algunas de las 200 mujeres que la integran son autoridades en la alcaldía municipal. Su transformación personal las llena de orgullo: “la organización me ha enseñado a trasmitir mis pensamientos y decir lo que yo pienso” dice Gloria. Pero ahora persiguen otros objetivos igualmente ambiciosos: “buscamos la autonomía económica de las mujeres para luchar de alguna manera contra la violencia”.

 

 

Esa autonomía económica no podía venir de otra cosa que de la actividad que han realizado por años y es la siembra, recolección y venta de manzanas, melocotones, (ellas lo llaman damascos), duraznos y peras. En esta historia todo huele a fruta, a dulce. Su comunidad está localizada en el municipio de Sapahaqui en la provincia de Loayza a tres horas de La Paz, que es la capital de Bolivia. Es un valle interandino rodeado por el rio Sapahaqui y tienen tres pisos térmicos, lo que les permite tener el suelo, los vientos y las temperaturas ideales para sus frutas.  Su día inicia a las 4 de la mañana recogiendo las frutas; en la tarde y noche organizan los canastos en que la transportan para venderlas al día siguiente desde muy temprano, en los tambos que es como se llaman los puestos de venta de los mercados de El Alto y la Paz.

En los últimos años decidieron pasar a combinar la venta de la fruta en forma natural con el proceso de deshidratación además de elaboración de mermeladas y otros productos transformados, que les permite mayores beneficios económicos, la industrialización de sus productos y llegar a más hogares del país, inclusive se han proyectado como exportadoras. Esta nueva etapa las puso en un nuevo lugar, retador, pero en el que se les nota toa la ilusión y la confianza que han ganado en su proceso de construcción personal y social. Lo dicen sin miedo: “Queremos ser empresarias”.

¿Y para qué les sirvió el estado?

Cada vez que Gloria y Eusebia cuentan cómo han avanzado en su camino personal y colectivo, se deja traslucir lo tejido por el aporte de las políticas gubernamentales. Para iniciar, les apoyaron para que cada familia cuente con títulos de propiedad de sus tierras; su comunidad La Selva está conformada por 40 familias propietarias. Sus casas fueron construidas en un proyecto del gobierno nacional de mejora de vivienda rurales cuya contraprestación fue que las familias contribuyeran con algunos materiales de construcción. El Ministerio de tierras les aporta insumos para la producción como semillas y abonos, maquinaria y mejoras de la calidad de la tierra.

Todo este apoyo a la producción campesina e indígena se complementa con estrategias para la comercialización. El programa EBA del gobierno nacional va a sus comunidades y les compra las frutas y algunas verduras que cultivan, ahorrándoles la logística y los costos necesarios para el transporte y la venta. Quien no quiera venderle a EBA puede hacerlo en el mercado de La Paz que es un programa de apoyo a la economía familiar del municipio. Por otra parte, los funcionarios públicos reciben parte de su salario en una Billetera virtual, una aplicación para comprar alimentos a la agricultura indígena y campesina.

Su paso hacia la producción tecnificada ha sido apoyado por el gobierno municipal una ONG que les dio las máquinas  y la Universidad de San Andres que las capacitó. No hay duda que estas mujeres son imparables, empoderadas como se perciben ellas mismas. Sus logros son todo suyos. Pero tampoco hay duda lo que logra un estado realmente comprometido. Que le apueste a la calidad de vida de su pueblo, a la producción nacional y a decidir de manera soberana qué comer y cómo producir su comida.

 

2 comentarios
  1. Astrid Helena Vallejo
    Astrid Helena Vallejo Dice:

    ¡Que experiencia tan maravillosa!
    El trabajo de esas mujeres, su organización, empoderamiento y logros económicos y la consolidación de sus proyectos son ejemplos a seguir. Me encantó. Gracias a Foodconciencia nos estamos enterando de la existencia de las diferentes experiencias en Colombia y América Latina que pueden ser replicables. Y ante todo esperanzadoras.

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  2. Jonny. Vahos
    Jonny. Vahos Dice:

    Experiencia digna de replicar, por sus logros pero sobretodo por la participación, la solidaridad y proyección en la admon municipal

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